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¿QUÉ ES ACOMPAÑAMIENTO FILOSÓFICO?

Gabriel Schutz

Como esta es una pregunta que me formulan recurrentemente, y como, a la vez, el tipo de trabajo que hago no se adscribe a una tradición psicoterapéutica formal, sino a un plexo de tradiciones filosóficas y espirituales, ensayaré en lo que sigue una respuesta.

Quisiera, en primer lugar, deslindarme, por un lado, de la idea de un método filosófico rígido (en el que no creo), y por otro, de una psicoterapia tradicional. No me gusta hablar ni de consultorio ni de pacientes (= los que padecen/sufren). Intento más bien que sea un templo, es decir, un espacio para la con-templación, o cuando menos, un ambiente para ciertas ideas, ciertas posibilidades, ciertas preguntas; idealmente, un ambiente libre. Esto lo incluye todo: la libertad de palabra, la libertad de expresión, la libertad del cuerpo y la libertad de la mente.

Me siento en un cojín, en la posición de zazen (meditación zen). La persona que viene, una vez que se ha quitado los zapatos, también se sienta, de preferencia, en un cojín, enfrente de mí, a unos tres metros y medio de distancia —a causa de la pandemia—, si tiene la costumbre o la disposición de hacerlo; si no, puede sentarse en un futón o una butaca, cuando la salud de su espalda lo exige.

Procuro encender una barra de incienso, pues empieza a consumirse un tiempo peculiar (que quisiera llamar «tiempo sagrado» en oposición al tiempo profano u ordinario), y el olor y las volutas de humo me lo recuerdan. La postura sobre el cojín guarda la memoria de todas las veces que me he sentado en zazen. Es en esta postura como he aprendido a escucharme a mí mismo y por eso escojo sentarme así para escuchar a otra persona; como la memoria es un asunto del cuerpo, al sentarme de este modo me siento inmediatamente investido de una atención más clara, de cierto aplomo, cierta ecuanimidad y, por qué no, de una disposición más amorosa, sin la cual no es posible ningún trabajo de este tipo.

La meditación tradicional budista se articula sobre dos grandes grupos de práctica: samatta y vipassana, literalmente, detenerse y contemplar. Mi modo de hacer esto es sentándome a escuchar. Sentarse es detenerse, escuchar es contemplar. Idealmente, la persona que venga a consulta acabará aprendiendo a sentarse a solas y escucharse a sí misma sin ningún temor, ninguna ilusoriedad, con una libertad irrestricta, de tal modo que pueda permitirse conscientemente y con total lucidez el surgimiento de cualquier «contenido inconsciente», siendo ella misma su propia contención, su propia fuente de elaboración —en esto consiste lo que Jung llamó «integrar». Esa persona, entonces, ya no tendrá ninguna razón para venir a sentarse conmigo, al menos no en este espacio.

De esta peculiar circunstancia de sentarse a escuchar surge lo que en budismo se llama uppaya: los medios hábiles. «Medios hábiles» es el concepto que describe mejor lo que intento hacer durante la consulta —aunque esto sea información de «backstage»—, pues una sesión es para mí una ocasión particularmente privilegiada de transmitir el Dharma, bajo toda clase de rostros, símbolos, posibilidades, metáforas, prácticas; esto, sin necesidad de hablar explícitamente de ninguna doctrina, pues el asunto que se juega en las consultas, el dolor, la insatisfacción, la imposibilidad de estar en paz, es en sí mismo el asunto del Dharma.

Entiendo por Dharma todo aquello que conduce a la cesación del sufrimiento y al florecimiento de las potencias humanas; todo aquello que permite desmontar y depurar las ilusiones de la mente que originan sufrimiento innecesario. Incluyo aquí, no sólo el budismo, sino la filosofía helenística, el taoísmo, el autoconocimiento del cuerpo mediante técnicas de terapia corporal procedentes de la tradición reichiana, la psicología profunda de Jung, etcétera. Un medio hábil puede ser, desde la simple escucha atenta y el diálogo filosófico, hasta la elaboración de metáforas, la escucha del cuerpo, el humor capaz de convertir la tragedia en comedia, la escritura, técnicas de meditación específicas, poesías, fragmentos de ensayos, etcétera. Los medios hábiles lo son, en cierto modo, todo.

La figura que me inspira, más que la del psicólogo o el analista, es la del bodhisattva, cuyo voto es precisamente transmitir el Dharma de las maneras más perspicaces, a fin de liberar del sufrimiento «a todos los seres sintientes». Desde esta perspectiva, Sócrates era, desde luego, un enorme bodhisattva, como lo eran en general los filósofos de la antigüedad dedicados a disipar la confusión en sus conciudadanos.

Diógenes el cínico, en su aparente aspereza, abrigaba sin embargo una profunda compasión hacia la ingente estupidez humana. El humor agresivo y la aspereza pueden ser medios hábiles y los cínicos son un contundente testimonio de ello. También en la literatura zen existen relatos en los que el maestro profiere palabras duras y hasta alguna bofetada o bastonazo al discípulo, y no son pocos los casos en los que el «satori» (la iluminación repentina) acaece junto con la bofetada —desde luego, yo no propino bofetadas, entre otras cosas porque no soy un maestro zen.

Una sesión es, pues, una investigación conjunta, bajo una disposición recíproca de máxima apertura y máxima honestidad (aun cuando esto no garantice que no podamos mentirnos sin saberlo) con vistas a comprender aquello que duele, perturba, insatisface, angustia, estanca, y esta investigación propicia, de manera muy natural, el surgimiento de uno o varios «medios hábiles», pues mi propósito es siempre hacer aparecer lo que se presenta desde la perspectiva del Dharma —aunque esto, insisto, no sea casi nunca explícito ni suponga de mi parte largos discursos. La naturaleza de esta investigación conjunta es totalmente independiente de que la persona que está enfrente de mí tenga alguna idea o no del budismo, el taoísmo o de los estoicos, incluso es totalmente independiente de si se trata de una persona religiosa o no.

Quizá la expresión más pura de lo que intento hacer en el espacio de acompañamiento la haya formulado un ex alumno de la UNAM, cuando, al final de una clase, en el añorado salón 307 de la Facultad de Filosofía y Letras (donde los gorriones se colaban y cantaban desde lo alto mientras hablábamos de filosofía helenística), me preguntó si yo podía darle terapia. Esto fue hace ya varios años y yo le respondí que no, que no podía, porque yo no era terapeuta. A lo que él repuso:

—Pero yo creo que las cosas que a usted le han hecho bien pueden hacerme bien a mí.

Le dije que, bajo ese enfoque, podíamos experimentar. Y es lo que he estado haciendo estos años: compartir lo que me ha hecho bien (el Dharma en su más amplio sentido), del modo más competente que me es posible, evaluando con la mayor delicadeza la situación que se plantea, la sensibilidad y el talante de la persona que se sienta enfrente de mí, su apertura o su resistencia, y así abrir un poco su corazón, abriendo el mío con ella.