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    A través de mi ventana

    Inhalo… y mis ojos empiezan a parpadear. La luz tenue del amanecer atraviesa los hilos de la gruesa cortina, invitando a salir del sueño.
    Yo ignoro la invitación. Hoy tengo razones para permanecer en cama. Ya me alcanzó el covid y no debo salir de casa. Es conveniente que permanezca en cama para recuperar el bienestar.
    La cortina detiene los rayos de luz que llaman a la actividad. La ventana entonces, es apertura a otras realidades, que en este momento, no quiero ver.

    Amanece
    Recorro las cortinas iluminadas por la luz tenue de la mañana y vuelvo a acostarme.
    Desde mi cama alcanzo a ver el follaje de las enredaderas que trepan por los tubos y mallas que circundan la azotea, del cuarto de servicio, que uso para tender la ropa.
    Entre el follaje se esconden algunas flores blancas que suben buscando el sol. Unos colibríes, van y vienen libando las flores que se enredan por el follaje y luego bajan, supongo que a seguir libando las flores del patio pero, ya no los veo.
    Desde mi cama, alcanzo a ver algunas jaulas para conejos que utilicé en otro tiempo y los muros blancos de mi casa. Más allá hacia la izquierda, los muros blancos de la casa nueva que construyeron el año pasado, una escalera “marina” y un tinaco blanco o casi blanco. Y hacia la derecha, otros muros grafiteados del vecino, cuyas figuras no distingo por haber sido deslavadas por el tiempo.
    También escucho el piar de algunas aves, la mañana es fresca, me siento tranquila porque está justificado mi descanso.

    ¡Es hora de levantarse!
    Me acerco y abro la ventana, mirando hacia abajo alcanzo a ver las macetas alineadas al borde de la jardinera, los colores de sus flores, los follajes y hasta el color de la tierra: parda, que “alguien” sacó de algunas macetas. La falta de humedad deja el rastro de las sales en su superficie, ¡es hora de recoger esa tierra y de regar las plantas!
    El ruido que hice al abrir la ventana, parece que incomodó a unos pájaros que se esconden entre el follaje de la enredadera. Los escucho moverse de un lado a otro, como si quisieran esconderse mejor. Imagino, que se han de poner nerviosos porque desde mi ventana, es fácil localizarlos. Supongo que alguno de ellos sacó la tierra de mis macetas para encontrar lombrices y por un instante pienso en la posibilidad de comprar una buena resortera, porque con su escarbadera desenterraron y rompieron las ramas suaves de una de mis begonias y mi yerbabuena, que fueron incapaces de ofrecer resistencia a sus picos insaciables. En un momento más, pensé en otra opción, cubrir algunas de esas macetas con una malla para Impedirles que escarben. Entonces, me voy por ese pedazo de malla que tengo guardada para probar mi idea…

    En otro tiempo
    Desde mi cuarto, sentada frente a mi ventana, alcanzo a ver las jaulas colocadas una sobre otra, sobre una armazón de metal, como si fuera un pequeño edificio de departamentos. Recordé cuando mis hijos eran pequeños y les regalamos unos conejitos por el día del niño.
    Primero, vivieron tres conejitos juntos en una jaula, cuando eran pequeños. Luego crecieron y los separábamos durante la noche pero, en el día los dejábamos correr libres en esa azotea. Esos conejitos nos enseñaron a observar sus ciclos de vida, y nos mostraron que cada uno tenía sus modos particulares de relacionarse con los otros según fuera conejo o coneja. Hubo un conejo que mordía a las hembras y les arrancaba el pelo para dominarlas, por eso le llamamos Brozo. Cada coneja tenía su modo de criar; la más noble fue Bella, una coneja raza rex, de color gris, que tuvo de doce a quince conejos por camada y todo el día permitía que que los gazapos estuvieran encima, abajo y alrededor de ella. En el transcurso del tiempo, llegamos a cuidar a más de 150 conejos vivos en un mismo tiempo y alimentar a mi familia, exclusivamente con carne de conejo, en un tiempo que los ganaderos abusaron del Clembuterol para engordar el ganado. Pero, finalmente, conseguí el apoyo del ITESO para llevarlos al norte del Estado de Jalisco, a una Comunidad Wirrárika, donde estaban las escuelas y los albergues para estudiantes dispuestos a aprender a criar conejos en su reserva y a complementar su dieta con esa proteína. Los conejos fueron muy bien recibidos, yo me quedé unos días en la Comunidad para explicarles el ciclo de crianza de los conejos y los cuidados que requieren para mantenerlos saludables.

    La ventana como púlpito del infierno
    Me casé con un hombre que vivió su adolescencia recibiendo fuerte influencia de una comunidad católica. Al llegar a su mayoría de edad, decidió asumir la vida religiosa con los Misioneros del Espíritu Santo. Vivió 5 años aprendiendo “el arte de convencer”, en función de sus principios de fe. Desconozco si él era consciente de su capacidad “argumentativa”. Por mi parte, descubrí su predilección por expresar sus quejas al borde de mi ventana; recurría a ella como si fuera un púlpito donde se paraba a reclamarme, advertir y amonestarme, tal como lo usaría un “Pastor” con su rebaño, en la Edad Media. El ex–seminarista mantuvo su actitud doctrinaria, y recurría a la ventana como dispositivo para exponer mis errores y divulgar su discurso punitivo. En lugar de escritos teológicos, recurría a “su púlpito para ofender y “castigarme” por mis “malas acciones”, y dejar pruebas claras, a mis vecinos y familia de lo que yo “merecía”. De un tiempo para acá, le pedí que nos separáramos porque cada vez eran más frecuentes sus riñas desde “el púlpito” y no lo veía feliz. En su corazón no habitaba la ternura, sólo expresaba quejas por lo que antes él pedía. Por ejemplo, él se compró un celular que monitorea sus hábitos cotidianos, su ritmo cardiaco y le indica actividades por realizar. Así sucedió, el último día que estuvo en mi casa, y él le gritó a su celular parado al borde de mi ventana: “¡Cállate vieja metiche!”. Entonces, coincidí con la experiencia compartida A puerta cerrada “…esto es el infierno… No hay necesidad de parrillas; el infierno son los otros” (Sartre, APC, 1983:186).

    #15737
    Gabriel Schutz
    Superadministrador

    Es sumamente interesante el modo como has estructurado este texto, bellamente escrito. Quizá la pregunta más acuciante es por qué darle el peso del último texto a una experiencia de pasado. ¿Por qué, en lugar de comenzar por ese pasado, que tú has vivido como infierno, y terminar con los pajarillos y el descanso justificado y merecido, ir en la dirección contraria y pasar de un amanecer apacible al recuerdo de una ventana tortuosa? Claro, entiendo que ese orden podría tener que ver con “atravesar la resistencia” en primer lugar y llegar a lo que es más significativo al final. Pero pregúntatelo tú: ¿por qué ordenar de ese modo la secuencia?

    La parte de los conejos es deslumbrante y lo anterior, relativo a flores, aves, tinacos está muy bien, pero quisiera concentrarme en el último pasaje, que es el más significativo. ¿Tiene sentido la frase de Sartre? ¿Es así: el infierno son los otros? Personalmente, y sin tener bien el contexto, sino apenas la referencia de ese pasaje, que es muy conocido, me ha parecido siempre de las frases más falsa y desafortunadas, pues elude la cuestión central que tiene que ver con la responsabilidad sobre los propios estados mentales. Infierno, purgatorio, paraíso, no son realmente topografías ni están fuera de uno, sino que designan calidades de estados mentales. Para estar en el infierno no hace falta otro: odiar es el infierno, estar con el cuerpo y la mente tomados por la ira es el infierno, y aunque uno puede odiar algo o a alguien, es UNO QUIEN ODIA, en virtud de una determinada interpretación de los eventos. Esto, pues, depende enteramente de uno mismo. Como bien dice Séneca en varios lugares, pueden golpearme, pero no necesariamente recibo daño. Alguien puede agredirte, insultarte, lo que fuere. ¿Quién se disminuye con eso: tú o la persona que se comporta de ese modo? Por lo tanto, la cuestión del infierno no tiene que ver con los otros como cosas externas, sino con el modo como percibimos a los otros, el modo como interpretamos lo que dicen o hacen. Si eres susceptible a sentirte injusta y dolosamente dañada, vivirás en el infierno. Pero no hay por qué interpretar las cosas así.

    Por otro lado, en una disputa, del tipo que fuere, sacará uno provecho si revisa minuciosamente su parte, no la del otro. Está bien entender en qué lugar se ha puesto el otro, pero lo que realmente es provechoso para uno mismo no es responsabilizar de todo a la otra persona, porque eso es sencillamente falso cuando hay pleitos (para que haya guerra hacen falta dos y, antes de retirarte, tú habrás tenido ahí tu parte) y porque, al no observar con detenimiento TU INFIERNO y lo que éste pueda haber proyectado como para co-conducir, co-alimentar el pleito, permaneces sin ver qué es lo que de ti se engancha, qué parte tuya es también violenta, en qué contribuyes al conflicto. Poder ver esto requiere valor, pero la recompensa es dulce, porque es el modo que tenemos de poder crecer y ese crecimiento es el que lleva al auténtico bienestar, que, lo mismo que el infierno, no procede fundamentalmente de los otros, sino de uno mismo.

    #15739

    ¡Gracias, por ayudarme a ver!
    Sinceramente,

    Elena

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