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    Don Ángel, así conocido entre los vecinos, para mí, mi papá. Nacido en Atlixco Puebla en octubre de 1931, fue el menor de 6 hermanos, al menos de los que él conoció y recuerda porque algunos murieron; dada su posición dentro de su familia sus oportunidades desde pequeño fueron limitadas, a nivel escolar llegó a cursar sólo hasta tercero de primaria. A la edad de 13 años murió la abuela y cuando tenía 20 años falleció el abuelo, de alguna manera se quedó a cargo de sus hermanos mayores, aunque siempre siendo independiente.

    Con una formación académica precaria, en su entorno había pocas opciones de trabajo, una era dentro del mundo textil que era la industria característica de Puebla y la otra como ayudante en una carnicería familiar. A los 15 años entró a trabajar a una empresa textil donde le exigieron terminar sus estudios de primaria que concluyó en el sistema nocturno. En esos años combinaba su trabajo apoyando en la carnicería de su cuñado en donde aprendió el manejo de otra industria: preparar carnitas, chicharrón y longaniza a su estilo.

    De lo más interesante de su historia para mí y que más tarde me inculcó a mí y a mis hermanas es cuando me cuenta que en una ocasión en su trabajo se encontró con un señor del sindicato que le dio el mayor de los consejos, “lee mucho, siempre que puedas lee” le recomendó algunos títulos como El Conde de Montecristo, Los Miserables y El manto Sagrado, siendo el primero el que más recuerda y el que lo inició en el camino de la lectura. A lo largo de mi vida muchas veces ha contado que de los libros que leía seleccionaba las frases que le gustaban, se las aprendía de memoria y cuando había oportunidad en una plática las usaba, contando que algunas personas le preguntaban qué había estudiado y se sorprendían cuando les decía que sólo terminó la primaria, pero su gusto por la lectura le ayudó en su camino por la vida, sin embargo, académicamente hablando, le hubiera gustado llegar más lejos, una de sus ilusiones era estudiar leyes, pero las circunstancias de la época no fueron favorables.

    Años después se casó y combinaba su tiempo de trabajo en una fábrica textil y una carnicería propia que atendía más bien mi mamá. Durante la educación que recibimos de su parte, siempre nos decía que teníamos que leer, sobre todo a mi hermana la mayor que cada que la veía sentada pues no le gustaba jugar mucho a diferencia de mi hermana de en medio y yo que nos la pasábamos danzando todo el tiempo, le decía “ponte a leer”.

    Pensando en ordo amoris de mi vida, considero que la lectura siempre ha estado presente en mi familia, por su parte, mi mamá quien había estudiado secretariado, le encantaba leer, yo de niña la recuerdo siempre con alguna revista, principalmente de Selecciones, o el periódico en la mano que yo y mis hermanas le golpeábamos con los dedos por debajo a modo de diversión. Recuerdo que siempre que le preguntaba a mi mamá el significado de una palabra me respondía sin siquiera pensarlo ni tener que buscarla en el diccionario por más que a mí me pareciera una palabra rebuscada y pensaba “mi mamá era un diccionario ambulante” lo cual me hacía admirar su inteligencia, incluso muchos años más tarde vi que ella podía ganar el juego del Maratón, me sorprendía y me preguntaba cómo le hacía para que no se le olvidaran las cosas. Asimismo, como parte de motivar el hábito de la lectura nos compraba algunos cuentitos de dibujos animados, siempre recuerdo en mi casa tener material para leer, cuentos, revistas diversas y libros.

    Regresando a la historia de mi papá, en algún momento se le ocurrió que podía diseñar un telar de madera que le permitiera tener un ingreso extra si hacía sus propios rebozos, y así fue, destinó un espacio de la casa para tenerlo; bien dicen que el ingenio del mexicano no tiene límites y el de mi papá lo comprobó, pudo recrear perfectamente un telar, para mí en ese entonces eran unos palitos montados que servía como casita para mis muñecas, pero para mi papá era un modo más de trabajar.

    Recuerdo que parte del proceso de la elaboración del rebozo consistía primero en construir un rollo de tela que estaba formado por 26 fajas, cada una con 11 hilos, siendo aproximadamente 286 hilos paralelos que atravesaban dos mallas que trabajan en simultáneo; cada hebra de hilo iba en un orificio de cada malla y va tejiendo mediante el cruzado de una lanza de un lado para otro que contenía un carrete de hilo para ir tejiendo el rebozo. Al término de cada rollo se dejaba un tramo de hilos que posteriormente se uniría hilo por hilo con un nuevo rollo para iniciar otra vez el proceso. Recuerdo que esa etapa mi papá nos ponía a amarrar hilo por hilo, principalmente a mis hermanas mayores, en menor medida a mí, pero también me tocó hacerlo, la tarea no era divertida sobre todo para unas niñas y al final era cansado para cualquiera.

    El tiempo ha pasado y en algún momento recuerdo que durante un ejercicio dentro de una clase se habló de la analogía de escribir con el acto de tejer, ya sea con agujas, gancho, bordar, etcétera, la cuestión era entender cómo al escribir e ir uniendo las palabras es como estar hilando, sólo que aquí el producto final son historias por contar y ahora cuando pienso en la escritura recuerdo a mi papá y su telar, que dicho sea de paso, años después cambió de madera a uno industrial.

    #13073
    Gabriel Schutz
    Superadministrador

    Es muy certera tu última observación sobre la íntima afinidad entre escribir y tejer. Etimológicamente, la palabra «texto» viene del verbo latino «texere», que quiere decir tejer; un texto es, entonces, un tejido. Y es muy bello que puedas HILARLO todo y relacionar la vida de tu papá (y de tu mamá) con la tuya, advirtiendo, precisamente, cómo están entretejidas de palabras, lecturas, inclinaciones y, por supuesto, tejidos en sentido propio.

    Hiciste un retrato entrañable de tu papá, ese hombre que se hizo a sí mismo o, para seguir con la metáfora, que pudo imprimirle al tejido de sus días un carácter propio, incluso en medio de circunstancias adversas.
    Hace varios años vi una exposición de arte conceptual donde había una pieza que me impresionó mucho. Si mal no recurdo, la artista era irlandesa y se llamaba Kathy Pendergrast. La pieza era un carrete de hilo, de aquellos de madera, pero de un tamaño más o menos grande, y en él estaban hilados los cabellos de tres generaciones: el cabello de la abuela (blanco), el de la madre (entrecano) y el de la artista (castaño). No recuerdo el título de la exposición, pero me gustó mucho. Tu texto me recurda un poco lo que ponía en juego aquella pieza.

    Otra metáfora sobre tejidos que siempre me ha impresionado es la de las parcas o moiras en la mitología griega. Según este mito, las parcas son tres hermanas hilanderas, que están incluso por encima de Zeus, y que tejen la vida de los hombres. Dependiendo de la versión de que se trate, cada una de ellas juega un papel distinto. Láquesis hila en el telar, Átropo devana o mide con una vara la extensión del hilo de la vida de cada ser humano, y Cloto, la menor de las tres hermanas, corta con sus tijeras fatales ese hilo, dando así la muerte.

    Entre tanto, como tu papá, a seguir tejiendo.

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