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  • #11460
    AngelaEstrada
    Participante

    Hola
    Trato de encontrar alguno de mis espectros. Pienso en otro texto que escribí el día de hoy, lo exploro. Busco indicios, me regreso a otras etapas de mí vida. Voy a él, tratando de despojarme de la función que ahí se narra, la de la profesión. En él exponía el sufrimiento que experimento por las injusticias que les ocurren a otros, especialmente las personas más vulnerables y mi necesidad de dejar de sufrir por eso. Trato de identificar el foco principal. Me pregunto si el “espectro de la preocupación” se me instaló en mi rol de cuidadora desde una edad temprana, muy común hace unas décadas, cuando se acostumbraba que unos hermanos cuidaran a otros. El mundo de entonces no era parecido a éste; no había entonces guarderías, ni instituciones especializadas. Las alternativas eran casi siempre cercanas, familiares, vecinales, comunitarias. Con suerte se encontraba a una nana del barrio o de la familia con disposición de ayudar, de solidarizarse cuando alguna familia necesitaba un apoyo externo en el cuidado. La progenie todavía se contaba por decena y en algunas circunstancias era imposible que la madre o el padre les cuidase; o por ausencia de alguno de los progenitores, voluntaria o involuntaria, en mi caso, la muerte de mi madre.

    Concluyo entonces que mi espectro al que por ahora le llamaré “preocupación por los otros” tiene su origen más en esa responsabilidad adquirida tempranamente que en la profesión a la que me referí en el otro texto; o quizá, que la elección de la segunda se encuentra fincada en la primera. Me aclaro que le llamo espectro porque siempre está allí, como un fantasma permanente que puede explicarse de formas múltiples, pero por ahora basta con que lo ubique, lo nombre y me percate de su existencia en mi vida temprana y su efecto espectral fundacional: su presencia siendo otro, manteniéndose en el privilegio de mi mirada, haciéndose un lugar en mi horizonte, y ocupando quizá también el espacio personal fundamental que me debo a mi misma. En ese sentido, esa parte en particular es la que debo encontrar la manera de arrojarla al lago; es decir, está muy bien cuidar a otros, pero no al grado de descuidarse a sí misma, situación frecuente en las mujeres.

    Por otra parte, reflexiono sobre la importancia de internalizar ser cuidadora-niña, de niñas, desde la etapa en la que se forman los primeros recuerdos. Ya adulta pregunté a mi padre la razón de haberme dado el encargo de cuidar a mis hermanas siendo yo la más pequeña. Me respondió que lo decidió así porque me veía segura y solidaria. Y se disculpó por el encargo. Le respondí que estaba feliz de haber servido a mis hermanas y a él; que tomó una buena decisión y le agradecía infinitamente haberse hecho cargo de nosotras; que valoraba que siendo joven no se fue de nuestro lado, tan común en la época; que nos regalo amorosamente su presencia y cuidados. Que entendía lo difícil que es tomar decisiones que involucran a los hijos, el temor de equivocarse; sin embargo, decidimos con lo que alcanzamos a ver y evaluar en ese momento.

    Seguramente esa responsabilidad me ha constituido y ha delineado muchos de los actos más importantes de mi vida, me permitió disfrutar a mis hijos y a mis alumnos y exalumnos/ hijos postizos. Ese rol me ha permitido entrenarme en observar los gestos de otras personas, interpretarlas, escucharlas tratando de entender sus necesidades. Me puso en el camino del entrenamiento de amar. Pienso que, disponer los brazos propios para que otras personas se acunen, al mismo tiempo se recibe el abrazo y se es acunado, es decir se participa de una relación amorosa. Entonces, si esa asignación temprana ha sido un resorte para aprender a amar, me pregunto: ¿dónde se encuentra el espectro? Encuentro por ahora que, en la preocupación permanente, en la concepción perpetua de sí como cuidadora temprana se instaló también la tensión en la atención constante, tensión que también me ha restado energía y cuidados personales. Lo difícil es desaprender lo aprendido casi desde los primeros pasos. Por ahora, al parecer encontré un hilo, seguiré explorando.

    Gracias por leerme y retroalimentarme.

    Ángela

    • Este debate fue modificado hace 3 años, 3 meses por AngelaEstrada.
    • Este debate fue modificado hace 3 años, 3 meses por AngelaEstrada.
    #11464
    Gabriel Schutz
    Superadministrador

    Tu texto, sumamente interesante, no sólo por lo que pone en juego, sino por que deja ver tu propio proceso de deliberación -las dudas, las aclaraciones provisionales, la insuficiencia de esas aclaraciones-, tiene la enorme virtud de mostrar lo escurridizos que son los espectros, sobre todo porque se “pegan” a nosotros, se hacen pasar por algo que no son enteramente, pero a lo que se parecen. Pienso en una distinción que hace la “psicología budista” para discernir entre dos afectos que pueden ser confundidos (y que, externamente, pueden quizá pasar por ser el mismo): la compasión y la lástima. Aunque en cierto modo son todo lo contrario, porque en la compasión estoy a la misma altura del otro, en sus zapatos, digamos, y puedo comprenderlo sin la menor sensación de superioridad, a veces la confundimos con la lástima. Le llaman a esto el “enemigo cercano”. Es decir, la lástima es el enemigo cercano de la compasión, el espectro, podríamos decir aquí, y es una de las trampas del camino budista: sentirse tan “espiritual” en la compasión, que, subrepticiamente, estemos sintiendo lástima, con toda la miseria que esto supone. Como se confunden, les llaman así, enemigo cercano. El “enemigo lejano” de la compasión es la crueldad, en el sentido de que es diametralmente opuesta y puede verse esto con claridad, sin confusión, como vemos algo a lo lejos: compasión es el deseo de aliviar el sufrimiento de otro; crueldad es el deseo de que otro sufra.

    Digamos, entonces, que el aspecto atribulado es el enemigo cercano de tu ser cuidadora, el espectro que se monta sobre la disposición pura y cristalina de servir a los demás. ¿Qué es lo que origina ese espectro? ¿En dónde radica aquello que le permite “infiltrarse”? Supongo que estas preguntas sólo puedes contestártelas tú misma. Pero podemos, quizá, verlo desde una perspectiva más o menos general, sabiendo de antemano que la probabilidad de errar por completo es grande.

    Uno (una) cuida, sirve, se entrega, acompaña: ama. ¿Qué tiene que venir a hacer la preocupación? ¿Por qué el acto de amor/servicio no acaba por completo en el cuidar, servir, entregar, amar? ¿Por qué sobrevive ese resto espectral que viene a querer prolongar lo que ya ha terminado (el acto de amor como tal)? En suma, ¿por qué no es suficiente? Creo que aquí hay una pregunta. La repito: ¿por qué no es suficiente? Quizá en esa sobrecarga (fatigosa, por supuesto), en esa sensación de insuficiencia que impele a un exceso, se busca algo que ya no coincide completamente con el amor como tal. Si es así, si esto encamina hacia algo, es mejor que tú lo averigües. Y si esto está descaminado, pues entonces habrá que explorar otros caminos.

    Sigo aquí.

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