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  • #10841
    Amaya Giner
    Participante

    Iba a comenzar mi tarea con la frase: “creo que este fin de semana me enfrenté a situaciones que podrían haberme generado mucha más avidez pero logré sobreponerme”… pero luego me di cuenta que escribo esto con una laringitis y bronquitis viral y se lo adjudico precisamente al fin de semana que pasé. Aunque en silencio me la pasé regañándome y revisando mentalmente lo que he aprendido (no sé si regañarme es una forma de frenar las representaciones), en algo fallé. Tal vez intento parecer muy consciente, engañándome y haciendo como que no me afectan ni me perturban las cosas, cuando más bien las reprimo, las adormezco. Fui al campo a visitar a mi padre. Salí de la ciudad sabiendo que me enfrentaría a una noche completamente oscura, en donde el silencio aterra, rodeada de alacranes, acostada sobre un colchón probablemente lleno de chinches… y sabiendo además que conviviría con mi padre, una persona cuya sola presencia me perturba. Detecté las situaciones que me arrebatarían. Estuve a punto de no ir pero traté de contrarrestar la avidez pensando en que a veces me niego a ir a lugares por temor, por pereza o por simple apatía y me pierdo de instantes valiosos que no merecen verse comprometidos por mis fobias o representaciones… pensé en lo poco que le queda a mi padre y evalué que las decisiones que tomó a lo largo de su vida no me afectan ya porque no dependen y nunca lo hicieron. Me sentí preparada para eso, pues antes de llegar, en el camino, imaginé los posibles escenarios que podrían afectarme, me sentía alerta ante las representaciones arrebatadoras que surgirían: claustrofobia, enojo, desesperación, discusiones con mi hermana… y aun así una situación me tomó por sorpresa y es a la que le atribuyo mi actual enfermedad. Recibí unas palabras fuertes por parte de mi padre y permanecí callada, mirándolo, porque me convencí (o eso creí) de que él no iba a perturbarme, ya que, días atrás, había ejercitado representaciones con los grandes temas que me afectan (eso lo incluye a él); contuve mi arrebato y sin mostrar nada me fui a dormir así. Ahora entiendo que encubrí la avidez y que pude responder y hablar y decirle lo que de verdad pienso de él, pero me aterré, no me sentí capaz ni fuerte de enfrentarlo y más bien no contuve mi arrebato sino que mi arrebato fue acobardarme y huir.
    No sé si hice bien el ejercicio, quise escribir esto porque me pareció un buen ejemplo de cómo a veces supongo que tengo todo bajo control y me siento respaldada según yo por mi consciencia lúcida cuando en realidad lo que creí aprendido se desmorona por completo en cuanto se presenta una situación fuera de mi control. No estoy preparada para enfrentar situaciones inesperadas, menos cuando involucran a personas que me hacen sentir tan frágil.

    #10843
    Gabriel Schutz
    Superadministrador

    Muchas gracias, Amaya, por compartir este texto. Detectas algo importante: la sabiduría estoica tiene un false friend (como se dice de las palabras en otro idioma que hacen pensar que quieren decir lo mismo por su parecido: exit en inglés y éxito en español, por ejemplo). Ese falso amigo es la falsa imperturbabilidad. La verdadera imperturbabilidad disuelve las perturbaciones: uno logra observar que nada de lo que se aparece con ínfulas de importancia tiene semejante importancia y un buen signo para darse cuenta de que se trata de auténtica imperturbabilidad es que aquí hay un cierto gozo, cierta satisfacción. La falsa imperturbabilidad conserva el aspecto externo impávido, pero por dentro hay confusión.

    Sin embargo, es importante advertir que puede haber un poco de las dos, sobre todo cuando uno está iniciándose en esto. Quizá la satisfacción que sentiste en algún momento, una cierta sensación de autodominio, no fue totalmente equívoca, quizá sí hubo algo valioso, cierto logro en todo esto, pero también una parte donde la representación de tu papá o de las chinches tuvo todavía cierto poder sobre ti.

    Una pregunta importante es ¿cómo te habías preparado para el escenario con tu padre? ¿Habías previsto no responder, tal como hiciste, en caso de que hubiera alguna provocación? Si es así, la “falla” no estuvo en la respuesta efectiva, sino quizá en la preparación. El estoico no dejaría de responder si hay algo que podría considerarse ofensivo: únicamente no se sentiría ofendido “por dentro”, pero sería enérgico y al mismo tiempo no-violento en su respuesta. ¡Qué difícil, lo sé! Pero vale la pena observar cómo te anticipaste a esas representaciones y ver si lo que “falló” fue la preparación o la respuesta en el escenario.

    Lo otro: regañarse a uno mismo, ser moralmente severo con uno mismo, contra lo que parece, no es una buena idea y no es moralmente “elevado”. Con esto no quiero decir que uno deba ser moralmente laxo, sólo sugiero que la estrategia de juzgarse es en cierto modo una sutil egolatría. “¡Yo, cómo yo (tan intachable), puedo caer en esto!”. Digo esto con absoluto respeto, pero sobre todo con conocimiento de causa, porque tengo una inclinación similar. Si uno se da cuenta de que ha fallado en algo, lo ideal sería felicitarse a sí mismo por estar consciente de ese yerro y comprometerse, sin una severidad tiránica (“¡La próxima vez no lo eches a perder, imbécil!”), pero con firmeza en el compromiso, a hacerlo mejor.

    Hasta donde yo puedo ver, estás haciendo un muy buen trabajo, Amaya. Sólo relájate contigo misma. Lleva mucho, mucho tiempo aceptar a los padres tal como son. A menudo nos sentimos frágiles ante ellos, porque son las grandes autoridades simbólicas que hemos introyectado. Ten paciencia. Y persistencia.

    Estoy para apoyarte.

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