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  • #15756
    Gustavo HernándezGustavo Hernández
    Participante

    Día 1

    Mi ventana da hacia el restaurante que lleva un par de años cerrado desde que inició la pandemia. Por encima de la marquesina de restaurante corre a lo largo una tubería de PVC que termina perdiéndose por el entramado de cables eléctricos y una celosía acristalada que termina en la terraza del primer piso. Ahí, en la baranda, sudaderas y camisas cuelgan con las mangas extendidas, fatigadas, exangües, como si hubieran sido clasificadas y abandonadas a su suerte como siniestros espantapájaros fantasmales. De pronto, una camisa se eleva, como levitando, y luego una sudadera. Parecen ser retiradas de un cable. Es la mano de la vecina que ha salido a recoger la ropa. Así que fui engañado por mi percepción.
    La vecina lleva una blusa negra de tirantes con un motivo de Star Wars, un short de mezclilla tan corto que podría pasar por un calzón cachetero (podría ser, si mi percepción no es engañada de nuevo). Me gusta como se ve su cabello, pues lo lleva recogido de tal modo que parece una colmena de color caoba; unos cabellos coquetos le sobresalen de las sienes, por lo que mi mente comienza a inferir que le habrá dado pereza peinarse; luego pienso que podría ser más bien pragmática. Como yo.

    Día 2

    Movimiento más temprano, esta vez a pie de calle. Un hombre empuja un diablito cuya carga son tanques de gas ceñidos por los gruesos eslabones de una cadena. Se detiene. El extremo oscilante de la cadena golpea un tanque dos veces evocándome el teñido de una campana de iglesia. Entonces el hombre, vos en grito, comienza anunciar: «Eeeeel gaaaaa…» pero su voz es opacada por el prolongado rugido de un camión de Coca-Cola y el petardeo de una motocicleta que lo rebasa por la derecha. El hombre se dispone gritar cuando se pone en marcha el mecanismo del camión de gas estacionario que ya surte al restaurante a un lado de donde vivo. El hombre, quizás resignado, saca su celular, lo pulsa, parece arrepentirse y lo vuelve a guardar; entonces inclina el diablito con sus tanques y vuelve a empujar. Ha perdido la batalla contra las máquinas.

    Día 3

    La ventana está abierta pero mis ojos están cerrados. Los abro para escribir, los cierro para cancelar la visión y observar con la percepción auditiva: en lugar de mirar por la ventana, escucha a través de ella. Hay pájaros que trinan en la cadencia con la carencia de un grillo. ¿Qué dirán? Parece un agudo intercambio en código Morse, indescifrable, desde luego, para mí. Irrumpe el prolongado eructo de una motocicleta, primero crece y luego decrece hasta desaparecer. Un par de mujeres hablan aunque para mí es casi inaudible. Pienso que, si no tuviera los ojos cerrados, vería dos personas hablando, asumiendo que lo hacen, aunque a mi oído le parece un murmullo. Mientras tanto, en un tercer plano, hay música. Se ha apagado. Tal vez fue un automóvil con el volumen del estéreo en alto. Ahora se nos une el disco de metal cortando lámina; se asemeja a la fresadora del dentista de cuyo sonido no quiero ni acordarme porque me hace doblar la espalda igual que un gato cuando se estira.

    Día 4

    Lo que ha cambiado en la calle son los automóviles. Ahora hay una camioneta blanca con un antifaz negro, intentando aparentar una faz que por sí sola no tendría. Antifaces, antifaces. El mundo está lleno de ellos; no reflejan más que apariencia, representan la realidad cambiada, desfigurada: los antifaces hacen trampa. No, en realidad: quien hace trampa es la intención de quién se sirve del antifaz para engañar, pues ¿qué culpa tiene el ornamento de qué el usuario se negligente?

    Día 5

    En la acera de mi lado aparece un hombre que camina de un lado a otro con un folder bajo el brazo; parece esperar a alguien. Otro hombre está encerrando un auto. Lleva el cubrebocas colgando de una oreja como si fuera un arete. Ahora llega una camioneta blanca y se estaciona en segunda fila, el conductor saca un teléfono y luego vuelve a echar andar el motor. Se va. Ahora hay silencio.
    Es una mañana de transición. Todo es transitorio.

    #15765
    Gabriel Schutz
    Superadministrador

    Cuánta riqueza en esa ventana, donde, más allá de los fenómenos que se presentan, hay una percepción aguda, con curiosidad, sentido del humor y capacidad reflexiva. Disfruté mucho de la lectura, especialmente de los cierres de algunos párrafos, que son muy certeros y me hacen recordar aquella idea de Hemingway: la novela gana por puntos, el cuento, por nocáut. Tu a menudo cierras los párrafos y ganas por nocáut.

    Me parece interesante que hayas querido llevar el ejercicio más allá de la consigna y explorar la audiósfera desde la ventana, para darle una variante a los días. En fin, tu texto es realmente muy bueno y no tengo más que comentar, salvo felicitarte y exhortarte a que escribas, pues tienes un indudable talento literario.

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