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    ILIANA TONAILIANA TONA
    Participante

    Comenzaré diciendo que hoy es sábado y que llevo toda la semana resistiéndome a este ejercicio. Al principio pensando que simplemente no conectaba con el texto; sabiendo ahora que, en realidad no quería conectar con él porque se han revelado un par de realidades que me resultan profundamente incómodas y profundamente tristes. La primera, que no puedo decir que conozca a muchos de mis ancestros a un nivel ni mínimamente profundo, ni por anécdotas ni por convivencia, pues no hubo tal, y la segunda, que la única persona a la que puedo decir que conozco de esta manera es mi mamá, y que aquellas partes de ella con las que logro identificarme son precisamente aquellas que menos quisiera reconocer en mi.

    La historia de Yolanda, mi mamá, empezó en un pequeño pueblo minero en Sonora, en una familia de madre, padre y 6 hijos. De las pocas familias cristianas y por lo tanto un tanto excluidas, por “diferentes”, con fuertes carencias económicas que ella dice no haber padecido, sino adoptado como la realidad de su vida, desde donde surgió creo yo la frase que más he escuchado salir de su boca: “Ubícate en tu realidad”. Pese a esto no pierde oportunidad para hacer saber que estas carencias fueron superadas por todos y cada uno de sus hermanos a base de esfuerzo y de no dejarse victimizar por sus circunstancias. Todo lo opuesto a la vida de una familia, curiosamente también formada por dos padres y 6 hijos en la que nació mi papá, el hombre al que eligió para formar una familia, con quien no tenía aparentemente nada en común además del hecho de haber nacido en el mismo pueblo, el mismo año, en la misma calle.

    Una mujer llamativamente hermosa, con pretendientes adinerados, a quienes terminaba sin decir más, a causa de algún evento que a sus ojos pareciera reprobable. Cuenta mucho, y con mucho orgullo cómo puso fin a su noviazgo con un joven muy guapo, independiente, que a su corta edad ya tenía dos salones de baile, porque una vez regresando del baño, lo vio bailando con una mujer; ella continuó la velada como si no pasara nada y simplemente no volvió a responder a sus llamadas. Meses después supo por algún conocido en común que aquél joven estaba muy triste y sin entender nada y supo también que aquella mujer con quien él estuvo bailando era su prima; al preguntarle si sentía algún arrepentimiento de no haberle preguntado quién era esa noche, ella con toda seguridad afirma que no.

    Una mujer que se jacta de su independencia, quien cuenta cómo saliendo de su casa cambiaba su ropa por una falda corta y la ropa que le gustara, cómo iba al cine sin permiso, cómo manejaba en carretera con sus amigas y cruzaba la frontera como ir a la casa de la esquina, orgullosa de haber siempre hecho lo que ha querido y de cómo incluso su papá, sabiendo que era ella un ser libre, dejó de reclamarle hacer cosas que ante sus ojos cristianos no eran correctas, pues sabía que si se lo prohibía ella lo haría de cualquier forma. Mujer orgullosa de ser un ejemplo de cómo manejarse desde sus mente, sin permitir que sus emociones la llevaran a tomar mala decisiones, hizo que lograra “sacar adelante” a dos hijos a quienes “todos” califican de exitosos y buenos hijos.

    Y claro está, reconozco el valor en ello. Agradezco la suma de experiencias y vivencias que la llevaron a vivir como quiso y a mí al lugar en el que me encuentro hoy. De la misma forma que reconozco el daño que causó en mi su castración; el hecho de haber crecido sin la posibilidad de hablar de mí, de mis emociones, de mi tristeza, pues todo aquello era tachado de debilidad. Reconozco como ahora ¡hasta ahora! Vivo tratando de quitarme de encima su control, el control del que orgullosa habla como ejemplo de superación, como el único camino posible para continuar en esta vida, pues cualquier cosa que para ella parezca estar fuera de su control le ofende y tal vez le aterra.

    Yo, al día de hoy lucho contra el miedo que me provoca hacer las cosas a mi manera, pues ella mantuvo su libertad e independencia, su tranquilidad, a costa costa de las mías y de aquellos que la rodeaban en muchos sentidos. Y sí, me equivoco, pero todo el camino recorrido me ha dado la libertad de poder decir que me he ganado el derecho, el hermoso derecho de equivocarme que me fue negado durante tanto tiempo.

    Ahora tengo una hija y un hijo, y entiendo la comodidad que brinda y la tentación profunda de mantenerlos “bajo mi control”. Entiendo la importancia de que encuentren su propia forma de caminar y de elegir. Vivo junto con ellos el dolor que causan las equivocaciones, pero trato de acompañarlos, más que negarles la posibilidad de decidir. Mientras más crecen, resulta más doloroso y más difícil ser compañía, guía y apoyo, pues la tentación del control no desaparece. Pero yo misma soy un recordatorio constante de las consecuencias de negarles esta hermosa libertad, ese hermoso derecho de equivocarse.

    #15697
    Gabriel Schutz
    Superadministrador

    Quizá la constatación de que no tienes mayor idea de tus ancestros puede funcionar como un estímulo para averiguar más o, cuando menos, reconstruir con la imaginación los grandes trozos biográficos que ignoras a partir de la poca información que has escuchado. Yo hice algo así con mi abuelo materno, tiempo atrás. Había tenido relación con él, pero siempre distante, y el día siguiente a su muerte, impulsado por la curiosidad de intentar comprender a ese hombre alemán, severo y amargo, me puse a escribir sobre él. Desde que lo hice, pude comprenderlo de un modo inaudito y mi relación con él cambió para siempre. No sé bien qué sucedió, algo al estilo de lo que pasa con las constelaciones familiares, me refiero al método terapéutico. En fin, que puede ser una buena idea investigar un poco hacia atrás e intentar llenar las lagunas dejándote sentir, como si fueses un medio para que esa memoria ancestral emerja. Puede ser buena idea profundizar en tus abuelos maternos, en tu abuela, de la que no dices aquí gran cosa, pues hay un linaje de mujeres que se transmite a lo largo de las generaciones; también, desde luego, un linaje de hombres, pero tal vez te ayude a comprender mejor a tu madre el poder irte un paso más atrás de ella.

    Me parece muy provechoso que puedas admitir que te reconoces en ciertos rasgos de carácter de tu mamá, porque eso te permite verlos con mayor distancia y desmarcarte de ellos. Si la percatación es clara y cabal, entonces comprendes que eso no es tuyo, sino de tu madre, y lo dejas de lado (tiras el espectro al lago). Por otra parte, es interesante que, gracias al afán de control de tu madre, tus hijos se beneficien de no tener una madre controladora. Nuestro papel como padres es intentar, en la medida de nuestras posibilidades, romper con ciertas herencias inconscientes, venidas a veces de muy lejos, otras veces simplemente de nuestros propios padres, porque al hacerlo cumplimos con el profundo mandato humano de intentar dejar las cosas mejores de como las hemos recibido. Y si eso es un sacrificio, lo es fundamentalmente en el sentido originario de la palabra, como sacrum fare, como un volvernos sagrados. Entonces sí, te sacrificas por detener la cadena y así te vuelves sagrada.

    Detrás del afán de control siempre hay miedo. Lo contrario del miedo es la fe; no la seguridad aparente, tampoco ese rebeldía que en el fondo, quizá, no daba voz a un deseo genuino, sino a una mera oposición al deseo de otros (tus abuelos). La fe, como una especie de confianza y aceptación de lo que la vida traiga, no necesita controlar nada y por eso es gozosa y serena.

    Bravo por la valentía de escribir esto. Que no sea motivo de tristeza, sino de crecimiento.

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