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  • #10844
    Linda
    Participante

    Es difícil pensar en el último día de la vida porque creo que muchas cosas que hago no las haría sabiendo que es el último, como ir a trabajar o quizás gastaría todo lo que tengo sabiendo que no lo necesitaré en el futuro, aún en uno cercano, más allá de cubrir los gastos funerales. Al esforzarme e imaginar que moría ayer, creo que las cosas se ven más sencillas, no pasa nada si llego tarde al trabajo, si no salen las cosas como quiero, si no como a tiempo, si no hago ejercicio… Lo que sí pienso que tengo que hacer es encontrar la forma de despedirme de las personas que son importantes, no solo para decirles que las quiero sino para consolarlos, intentar que estén tranquilos. Lo que me genera un poco de angustia es estar largamente con una enfermedad, con el desgaste, el dolor y el costo económico que conlleva, eso me da miedo y de alguna forma pensar que muero súbitamente me tranquiliza. También me angustia más pensar que fuera el día final de alguien a quien quiero, una parte de mí trata de ser consciente que todo es posible pero solo imaginarlo me causa dolor. Creo que es más fácil de imaginarse la muerte propia porque asumo que no habrá dolor después de muerta, en cambio la muerte de un ser querido significa que yo sí me quedo con el dolor y con la angustia de saber o el deseo por saber que no sufrió. Creo que uno se preocupa de su muerte porque piensa en todas las cosas que no hará, algunas veces pienso en eso, pero en general no, supongo que tengo mucho en mente que si estoy muerta no hay nada que sentir ni extrañar, sin embargo, cuando pienso en el futuro de mi vida, quiero que sean vistas por las personas que aprecio y me preocupa que ya no estén ahí. Es una forma egoísta de ver la vida, pero creo que no me quiero acostumbrar a no tener a alguien aunque sé que así tiene que ser. Algo que me gustó e imagino que me puede ayudar en el futuro es concentrarme en lo que escribe Séneca (“deja de interpretar mal los favores de la fortuna; quita, pero antes dio”. “es mucho el tiempo que perdemos sin gozar de los amigos vivos”) y disfrutar a la gente hoy.

    #10847
    Gabriel Schutz
    Superadministrador

    Sí, es un asunto duro considerar la propia muerte y, más aún, la muerte de las personas que amamos. Pero tú observas algo interesante: al hacerlo, eventualmente las cosas se ven más sencillas. En cierto modo se aligeran, o acaso recuperan la cuota de asombro que el darlas por hechas nos ha quitado. Es muy natural que, cuando uno comienza a meditar con cierta seriedad sobre la muerte, al principio haya melancolía o angustia. Esta meditación quiere ir más allá de la melancolía. Se tata de atravesar ese primer sentimiento, de persistir. ¿Qué hay más allá? Eventualmente sobreviene un enorme alivio, un deslumbramiento, un sentimiento de gratitud por cada instante.

    Intenta no abandonar esta práctica, que, por supuesto, tiene sus matices. Se puede pensar en términos definitivos (“qué tal si hoy muero”) o en términos más matizados (“éste es el último 18 de septiembre de 2019 que viviré”). A menudo, cuando siento que mi mente se embota, un modo de salir de ahí es considerar que eso que se me está presentando no lo viviré ya jamás, y muchas veces, el solo pensamiento sobre el escurrirse del tiempo basta para regresarme a un estado un poco más despierto. Ser conscientes de nuestra mortalidad debería forjar ese estado de “poros abiertos”.

    Muchas gracias por compartir, Linda.

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