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  • #13201

    Mi padre y “La loba”
    Mi madre contándome la historia.
    Si hija, tu Padre y su familia siempre han estado así de locos, en un mal rato son capaces de hacer lo que sea, no te acuerdas lo que le hizo a “La Loba”, aquella perra que teníamos cuando tú eras niña, yo creo que no te has de acordar ya de ella, esa perra llego a la casa sola, parecía una Loba, y así le pusimos; era la que cuidaba la casa. Hasta que tuvo sus perritos, sabe que le habrá pasado porque le dio por pisar los ladrillos que tu papá y tus tíos ponían a secar en el corral, primero con uno que otro, ah como se enojaba tu padre, hasta temblaba del coraje, le daba patadas, le gritaba y todo el día andaba enojado con todos. Pero ahí no paró la cosa, parecía que la perra lo hacía más adrede, hasta ese día que amanecieron los ladrillos todos pisados, yo creía que tu padre se iba a morir del coraje, nomás vi que se quitó el cinto, y ahí mismo ahorcó a la perra, pobre animal.
    Mi Padre contando la historia a mis hijos.
    A mí por eso no me gustan los perros, no está uno para tener animales, yo nomas con poquito que hagan algo ya no sé de mí, yo creo que eso ya me viene de mi Padre, todavía no se me olvida aquel día que mató al perro que teníamos, se llamaba el Lobo, yo por eso le quise poner igual a aquella perra que un día llegó a la casa; y para qué, fue como una maldición, yo también la ahorqué de puro coraje, como mi Apá, mató de un balazo al Lobo, ni supimos porqué llegó borracho, yo estaba chiquillo, nomás me acuerdo de los ojos del perro con el hocico sangrando.
    La versión de mi Tío, el hermano de mi padre.
    Ya se le quedó a tu Papá “el mataperros”, siii somos bravos, y eso que él no tenía pistola como mi Apá, pero ni falta le hizo, agarró el fajo, y con la fuerza que tenía por tanto coraje, que le duró, yo creo que yo hubiera hecho lo mismo, habíamos trabajado dos días seguidos sacando ese pedido de ladrillo que nos habían hecho, un día antes habíamos terminado de tenderlo todo en el corral, hasta nos echamos una “cheves” para festejar; tan bonito que se veían las hileras bien parejitas; quien sabe en que estaría que a la perra se le ocurrió pisarlos, lo raRo es que nadie la oyó, de haber sabido la encerrábamos, quien iba a pensar… y pos, mi hermano no aguantó… quien sabe, si él no lo hubiera hecho, lo hubiera hecho yo, quien sabe…
    Lo que yo escribí, a partir de lo que oí y recuerdo.
    Mi padre y su hermano, terminaron de echar el último palazo de tierra sobre el cuerpo de aquella perra, él mi padre se limpió el sudor con su paliacate, intentando limpiar su confusión, su dolor, su terrible culpa. ¿Qué hizo? ¿Cómo lo hizo? ¿Cómo pasó?
    Un día antes, él y sus dos hermanos se habían dado prisa para terminar un pedido de ladrillo de azotea para entregar urgente. Habían comenzado a las 4 de la mañana, los recuerdo a él y sus hermanos sobre a aquellos montones de barro y agua, amasando con sus pies, hasta convertirlos en una pasta suave, húmeda y olorosa que luego transformaban con moldes de madera en aquellas olorosas losas cuadradas, que cuidadosamente ponían en el piso, el corral se llenaba de aquel hermoso olor que emanaba de esos cuadros lodosos como piezas de un “memorama”.
    Catorce horas de trabajo después, habían terminado. Uno o dos días al sol, serían suficientes para secarlos y luego llevarlos al horno a cocer. Decidieron no cubrirlos para que secaran más rápido. Se sentaron a beber cerveza celebrando la obra terminada. Con la perra echada entre los pies de los tres.
    Por la mañana cuando mi padre revisó sus ladrillos encontró la escena; ya no había cuadritos, aquello era un lodazal sin forma, pedazos de barro desperdigados por todo el corral, tomó un trozo de barro; tomó otro y miró la huella de animal marcada, lo tiró, tomó otro y otro, solo algunos pocos se habían salvado. Entonces miró a la perra, dormida aún bajo la parra, inmóvil parecía esculpida en barro, tenía todo el cuerpo cubierto de barro seco.
    Se quedó inmóvil, quiso gritar, pero tenía la quijada trabada, y la cabeza caliente, no supo más de sí, entró a la casa, sus gritos nos despertaron a todos, cuando salimos él gritaba y perseguía a la perra, que se escondía donde podía. Yo, de 4 o 5 años no entendía que pasaba, la perra vino hacia mí, cubierta en barro, y ahí fue donde él alcanzó el cuello de la perra con el cinto y la arrastró, la perra aullaba, él gritaba, todos gritaban, mientras él alzaba con todas sus fuerzas el cuerpo del animal, … hasta que de pronto la perra dejó de moverse…
    Todo quedó en silencio, mi padre se arrodilló frente al animal, y de pronto comenzó a hablar, a contar esa historia de su padre: “Soy igual que él, y yo que me dije a mi que nunca sería como él, hice lo mismo, lo mismo que él hizo con nuestro “Lobo”, nomás lo mató, así, y yo… yo…
    Yo ni siquiera supe que la perra había muerto, qué era la muerte. Solo ví que la enterraron debajo de aquella parra, -en el mismo lugar donde quedo “el lobo- dijo mi padre.. cuando preguntaba por la perra me decían que se había dormido bajo la parra, hasta que ya grande, me comenzaron a contar estas historias de aquel pobre hombre que ahorcó a su perra y la enterró, lleno de dolor y remordimiento.

    #13218
    Gabriel Schutz
    Superadministrador

    Wow, qué historia tan estremecedora. Está muy lograda la narrativa, el modo como los puntos de vista van articulando el relato y el hecho de que tú, la primera persona, quede para el final, con la perplejidad de la niña y la compasión de la mujer adulta por su padre. Es una historia sencilla, pero impactante, porque no se trata sólo de un rapto de cólera que termina por matar a una perra (lo que es de suyo tremendo), sino de una especie de fatalidad que atraviesa las generaciones y hace que la derrota moral sea doble: haber cometido un crimen contra un ser inocente y haber repetido aquello que se quería evitar. Y de otro lado, el relato tiene tan buen equilibrio, que, si bien, por supuesto, jamás se justificará el haberle dado muerte a la perra, se puede entender la cólera, la inmensa frustración, el desaliento de ese hombre que ya festejaba haber terminado una labor tan extenuante.

    Dos veces se repite la expresión “no saber más de sí”. Creo que no la había escuchado como tal (sí “estar fuera de sí”), pero me resultó muy elocuente, como si hubiera ciertos momentos donde uno es un completo desconocido para sí mismo y surge de oscuras profundidades algo, alguien, irreconocible. En ese ya no saber más de sí, quedan canceladas las reglas, la moral, los juramentos (“no repetiré lo que hizo mi padre”) y todo puede echarse a perder. En las artes marciales orientales repiten a veces que se puede perder la vida en un pestañeo, para exhortar así a una atención completa. Un momento de distracción, de no saber ya de sí, es suficiente para traer la ruina.

    Muy impresionante. Buenísimo texto, María Belén, bravo.

    #13283

    Gracias por la retroalimentación Gabriel. Para mí fue muy terapéutico elaborar y re-elaborar esta historia para ver desde otras miradas el tema de la ira en mi familia, en donde ese “no saber de sí” ha sido una especie de frase que justifica cualquier acto violento, gracias por acercarme a este ejercicio de escritura para revisar y sanar esas historias.

    #13286
    Gabriel Schutz
    Superadministrador

    Me alegra muchísimo saber que el ejercicio te resultó provechoso, María Belén. Más allá del ejercicio, lo importante es que puedas ver cómo la escritura es una poderosa herramienta para reelaborar la historia personal, comprenderla y, como bien dices, eventualmente sanar heridas, de modo que te valgas de tu pluma cuando precises deliberar algo, revisar una situación del pasado o aclararte sobre alguna decisión del futuro.

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