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    Ahora que ya no soy cuerpo y que tengo toda la eternidad para pensar me acuerdo de mi infancia con mucha alegría, sin preocupación alguna. Los juegos con mis hermanos y Skipper, mi primer perro, que llegó a la casa cuando yo tenía 3 años. Recuerdo los días en traje de baño y pies descalzos en casa de mis abuelos en Cuernavaca, de partidas de crocket y badmington, de mucha convivencia con mis primos. La primaria la cursé sin esfuerzo alguno, los estudios siempre se me facilitaron, tener amigas también, por lo menos en aquella época.
    En preparatoria me cambié de escuela para aprovechar que había aprendido francés. Nuevas amistades con los vecinos de San Ángel: idas al boliche y al cine, primer novio, con quien estuve ligada demasiado tiempo. Indecisión por escoger carrera: psicología, letras o comunicación. Opté por la última. La vida transcurría su curso normal. Mi único deber era estudiar. Mis papás se encargaban de crearnos un hogar.

    Terminé mi carrera y empecé a trabajar como periodista. Seguía viviendo en la casa familiar, pero tenía mi propio dinero, viajé mucho junto con mis hermanos y amigos. Primeras rupturas con Ricardo: reconciliaciones y enganches sentimentales. Seguí estudiando mucho, realmente lo disfrutaba: diplomados, especializaciones en literatura, cursos de traducción. Cambios de trabajo, pero todos relacionados con el periodismo o la traducción. Años de mucho desconcierto sentimental. No lograba dejar definitivamente al que fuera mi primer amor. Cada vez que me iba mal en alguna relación, simplemente regresaba con él, ir “a lo seguro”, pero ya no gozaba estar ahí. Dejé el periodismo para poner con mi hermana una tienda de artesanías mexicanas. Sin embargo, se casó y se fue a vivir a Venezuela. Ese mismo año también se casó mi hermano y yo entré a terapia. Tenía 30 años y terminé con mi novio de toda la vida. Fueron dos años de mucho aprendizaje interno, de mucha revaloración personal, de poder tomar mis propias decisiones. Aprendí a quererme. Definitivamente lo dejé para nunca más volver con él. Me fui a vivir sola. Trabajé en la fábrica de mis papás como vendedora. Conocí a unas amigas con las que conviví muchísimo. Al igual que yo seguían solteras y pasamos grandes ratos juntas. Alguno que otro galán, alguno que otro tropiezo sentimental, pero ya nada que ver con los tiempos de Ricardo. Ya sabía lo que quería. Y así pasé varios años mejor sola que mal acompañada. Estaba tranquila. Los fines de semana me iba a Cuernavaca a casa de mis papás, a veces con ellos, a veces sola o con amigas. Ahí me iba a montar a caballo un par de horas, regresaba a la casa a comer, leer, ver películas, estar con mis perras.

    Unos amigos me invitaron a cenar una noche y ahí conocí a Víctor. Nos casamos un año después. Cuando tenía 40 años nació Pedro y dos años más tarde, Pablo. Los cuatro formamos un buen hogar. Fueron años en que no se que hubiera hecho sin ellos. Los grandes de la familia fueron muriendo poco a poco: mi abuelo, mi abuela, los tíos tan queridos. Y luego vino la muerte de mi papá. Estudié la maestría en Creación Literaria. A la par, la enfermedad de mi mamá. Durante dos años visitamos toda clase de doctores hasta que nos dieron el diagnóstico: “tu mamá tiene ELA”, una enfermedad degenerativa y sin cura alguna. Fueron años de un gran sufrimiento. Mi familia fue mi sostén. Traté de regresar al periodismo, pero me fue imposible. Ya no conocía a nadie en el medio. Así que me dediqué a vender artículos promocionales, a sugerencia de mi hermana. Pude combinar el trabajo que hacía desde mi casa con el cuidado de mis hijos. Fueron años de darme cuenta lo importante que es hacer una familia, estar cerca de mis hijos, apoyarlos en las decisiones que fueron tomando. Conocí muchos países en compañía de Víctor. Él sabía combinar los viajes de negocio con los de placer: Vietnam, Japón, China, Myanmar, Cambodia. También disfrutamos mucho viajar en familia. Hicimos un viaje inolvidable a Europa: Londres, Roma y Barcelona. Victor fue el gran compañero de mi vida: nos respetábamos, nos disfrutábamos, nos gustaba estar juntos.
    Un día durante una caminata por un bosque mi sobrino nos planteó la posibilidad de un nuevo negocio para mitigar la huella de carbono de las empresas. Sonaba loco, pero fue tanto su entusiasmo que nos emocionamos con la idea. En el mismo año que cumplí 60 años, fundamos Toroto. Los jóvenes inyectaron sus ideas a la empresa. Mi hermana y yo fuimos las de la experiencia, pero los dejamos ser y la empresa salió adelante.
    Fue esta época la de mayores planteamientos personales. Si la infancia fue juego, y la juventud todo un torbellino de sentimientos, la madurez fue la etapa de preguntarme quién era y qué quería dejar en este mundo. Me di cuenta de que la muerte puede llegar en cualquier instante. Algunas veces avisando como fue el caso de Claudia y su cáncer de ovarios y otras como el de María Elena quien murió por una mala práctica en la sala de operaciones.

    Mis últimos veinte años fueron de demostrar agradecimiento a las personas que me acompañaron en mi vida: Víctor, mis hijos, mis hermanos, mis amigas. Me volví más exigente en cuanto a las personas con las que quería convivir. Dejé de frecuentar a pseudo amigas. Seguí leyendo y empecé a escribir historias personales, continué con mi trabajo en Toroto. Como siempre gocé de muy buena salud, quizás porque a diario caminaba una hora en compañía de mis perras, o porque me cuidaba mucho en mi alimentación no tuve serios problemas de salud. Simplemente un día me dormí para no despertar nunca más.

    #14205
    Gabriel Schutz
    Superadministrador

    Siempre es interesante ver el arco de una vida entera representado en pocos trazos. Se accede a algo así como el tono general de esa vida. En tu caso, algo que destaca, es que nunca, al parecer, hubo soledad en un sentido dramático, desolador, sino que la familia, al principio a través de los padres y los primos, más adelante, de tu pareja y tus hijos, siempre constituyó un soporte amoroso, una contención capaz de dar cobijo ante las adversidades.

    Otra cosa que encuentro interesante es la exploración de posibilidades muy distintas, desde el periodismo y las letras, hasta actividades de venta o emprendimientos comerciales de distinta índole. Hay personas que trabajan toda la vida en lo mismo, haciendo las mismas cosas, o en una misma oficina. No es tu caso y eso le ha dado riqueza a tus días.

    En fin, que se adivina una vida rica en experimentación y en amor, con desconciertos y reveses, claro, como es propio de la vida, pero al mismo tiempo con la capacidad para sobrepujar y aprender, para interrogarse sobre las cuestiones fundamentales y encontrar aceptación y paz.

    Fue un gusto leerte y acompañarte, Pilar. Espero de todo corazón que sigas escribiendo, porque tienes muy buenas condiciones y, por lo que alcanzo a percibir, es un espacio que disfrutas mucho. Ojalá que hayas disfrutado de este taller.

    Como suelo hacer al final de los talleres, te quiero formular una petición y una invitación:

    La petición es si puedes dejar un review (como hiciste ya con el curso de estoicismo), dando tus comentarios sobre el curso. Si lo haces, verifica que la calificación que le das al curso, expresada a través de las estrellitas azules, sea la que deseas, pues la cantidad de esas endiabladas estrellitas se modifica con sólo pasarles el mouse por encima.

    La invitación es a los nuevos cursos que hay en este sitio. Los dos son de filosofía aplicada. Uno es para trabajar con la ira, a partir de la filosofía estoica y el budismo. El otro, que apenas hoy está “al aire”, tiene que ver con el modo como nos relacionamos con el placer y el deseo (en último caso, con los apegos, la avidez, las adicciones) desde la perspectiva de estoicos y epicúreos. Son talleres más breves, más enfocados a asuntos específicos. Si algo de esto te interesa, será un gusto recibirte otra vez. Puedes ver los cursos yendo, en el Menú de arriba, a CURSOS y CURSOS ON LINE.

    Te envío un afectuoso saludo y mi gratitud por haber participado en este taller. Que estés muy bien, Pilar.

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