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    VerdeVerde
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    Día 1.
    Este cuarto no tiene ventanas. Hay dos tragaluces que dan a la calle, les invito de mis obscuridad cada que puedo porque no abro la cortina desde hace varios días. Dos pequeñas persianas que dan al patio. Un patio abierto sólo por rendijas. El color de de la reja es un tono de verde que aborrezco, verde vómito. No hay más. Hay residuos de polvo. Una grieta. El vidrio está roto. Las persianas son imán de polvo. Manchas de pintura. Estampas del gobierno. Y dos cortinas lindas que atraen la mirada y ella dice que la luz. Todavía no le creo eso último. Escribo esto de noche. Así que veo sombras solamente, sombras de los objetos de fuera. Quizás por eso yo. La introversión. Vivo de noche. Suelo hacer las cosas durante la noche y madrugada ¿A qué hora comienza la madrugada? Salir en el día impactan tanto los colores que parecen fantasmales e ilusorios. Hoy no me quiero mover para descubrir más.

    Día 2.
    Hoy es la misma situación. Cerca de la “ventana”. Hace un rato abrí las persianas porque necesitaba que entrara el viento. Lo escuché mientras dormía, a las cinco de la tarde, mi hora para desayunar, muy tarde para desayunar. Escuché su movimiento, ¿Se puede hacer eso? No le sigo el ritmo, soy demasiado lenta. No somos semejantes. De los cuatro elementos es el que menos habita en mí y por ellos lo que más necesito. No sé cómo seguirle el paso. Quiero ir tras él. Quiero ser un árbol.

    Día 3.
    Hoy decidí abrir la mitad de la cortina. Me desperté a las tres de la tarde y decidí dejar entrar la luz. Un rato. Miré y me encontré con obstáculos que me niegan la luz del sol. Todo llega por filtros de estructuras transparentes. Y nada. La luz gastada se ve mejor sobre una cama tendida ¿Será cierto aquello de que el sol roba tu energía?

    Día 4.
    Me vi describiendo desde la ventana lo de dentro ¿Por qué no alcanzo a ver las formas de afuera?

    Día 5.
    Soñé con ventanas sin vidrio, era una construcción en “mano negra”. Pero había una marquesina. En ella habitaba un gran murciélago. Era de mi tamaño. Colgaba y dormía. Temí mucho que despertara y me comiera entera por su gran tamaño. Lo miraba desde fuera. Lo vi abrir sus alas pero sus ojos seguían cerrados. Dentro de sus alas habían figuras, stickers, grafitis. Simulaban dentro de sus alas una avenida llena de nombres irreconocibles (para algunos). Algo no encaja. Un comisario de las sombras tan elegante no tendría por qué llevar dentro de sí colores tan brillantes. Tan contrastantes. De repente comienza a expedir de su cuerpo podredumbre. Podredumbre que me alcanza y que yo trato de evitar. Pero llueve polvo, llueve suciedad. ¿A dónde ir?

    Día 6.
    Esta noche miro por fin las figuras. Son plantas y flores. Hay macetas que se venden. Y flores que huelen rico por la mañana. Me recuerda que nunca me ha durado más de un mes una maceta. Dos plantas del desierto secas y un cactus podrido. Lo quise seguir intentando pero fallé y me sentí mal de matar por mis vanos intentos. Me regalaron una de tres para adornar los tres cuartos. Y cuando la entregué para regalarla afuera, luego de que pasó una noche conmigo, murieron las tres. Al mismo tiempo. Nadie supo explicarlo y yo no quise hablar. Fue falta de sol, ¿No?

    Día 7.
    Hoy viendo fuera, pienso solamente en que la ventana de aquella otra casa tenía una mejor vista. Había un árbol seco, los favoritos. Sus ramas eran gruesas y tenían fuerza. Era un árbol muy fuerte y querido por mí. La calle vacía a las tres de la mañana era digna de contemplar. Allá entendía mejor la división del día y la noche. Porque el ruido era tan distinto. ¡Qué ganas de no estar aquí!

    #13425
    Gabriel Schutz
    Superadministrador

    “¡Qué ganas de no estar aquí!”. Esta última frase del texto late, creo, en cada letra, cada palabra, cada espacio, cada punto y cada coma. Ser viento para salir de ese espacio sofocante, ser árbol para sentir el viento y vivir afuera, pero no en una intemperie, sino enraizada.

    En la progresión del texto, tengo la impresión de que el noctambulismo y la resistencia a abrir las cortinas y darle un espacio al afuera, son modos de esconder ese espacio donde no quieres estar y cuyo encierro es más visible durante el día o con las cortinas abiertas. ¿No has decidido, de algún modo, ser tú misma como un murciélago (dejarte comer por sus alas), una criatura nocturna para que la oscuridad envuelva lo que la luz dejaría ver de manera ostensible? Un murciélago que quisiera poder ser árbol, salir a la luz, verse envuelta por el viento que la cueva clausura.

    ¿Cómo el sol habría de robar energía, siendo quizá la mayor fuente de energía que alcanza a este planeta? Quizá cuando hay insolación. O cuando se es, por naturaleza, un animal nocturno, con un ciclo circadiano adaptado para la noche. Dijo un filósofo del renacimiento (Pico della Mirandola) que, a diferencia del resto de las especies, que sólo pueden ser lo que son (el gato, gato, el arcángel, arcángel), el ser humano, gracias a su albedrío, tiene la posibilidad de ser cualquier otra especie en la cadena del ser: desde un gusano hasta un ángel, desde una bestia hasta un buen hombre, una buena mujer. A diferencia del murciélago, que sólo puede ser nocturno, nosotros podemos escoger si vivir de día o vivir de noche, es una elección libre. Pero es libre si tomamos esa decisión por una razón positiva: por amor a la noche, a su silencio, a las estrellas, lo que sea. Una pregunta que me hago (es sólo una pregunta, una especulación, puedo estar totalmente descaminado) es si tu elección por la noche es totalmente libre o si se basa en NO ver ese espacio con luz, NO interactuar con personas que no quieres interactuar, en pocas palabras, si es una elección basada en una razón afirmativa o puramente negativa, una elusión.

    Más allá de esto, ¿no será tiempo de buscarte un espacio más acogedor? A veces sólo hace falta un empujoncito. ¿Por qué no concederte la posibilidad de un espacio donde te sientas mejor, sin esa asfixia? Quizá allí serías igual de noctámbula, pero sería una noche de ventanas abiertas, de estrellas y lunas y aire fresco. ¿Por qué dejarse comer por las alas del murciélago?

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