fbpx
Viendo 5 entradas - de la 1 a la 5 (de un total de 5)
  • Autor
    Entradas
  • #11842
    Fanny
    Participante

    Respecto al tema sobre hacer las cosas “de corazón” tengo una experiencia que me genera cólera.
    Mi cuñada es de religión cristiana y siempre habla de dios, ella es muy solidaria mientras se trate de temas de su religión, viene a orar a la casa y a hablar de la importancia de dios en la familia, cuando peleo con su hermano pero para cuestiones económicas es ambiciosa, lo que te da lo anota y cobra, para mí un favor de ella es un pacto con el diablo, si puede sacar provecho de ti lo hace y lo disfraza hablando de dios y sus bendiciones… Cuando la conocí me caía muy bien, es simpática me hace reír… ha sido buena persona pero cuando se trata de ella, desconoce y le importa poco si uno tiene tiempo, ganas, posibilidad o no, ella cobra el favor que alguna vez hizo. Me molesta que quiera que uno se ajuste a sus necesidades y manipula y miente. Sé q ha ayudado a mi pareja pero vuelvo al principio, para cobrárselo cada vez que necesita porque le ha llegado a mencionar favores del pasado. Yo en definitiva no puedo ocultar en mi ser que ella y sus hijos me caen mal, ya no quiero convivir con ellos pero eso genera conflicto con mi pareja porque el adora a su hermana aunque sabe cómo es pero parece no afectarle y entonces me pregunto, ¿por qué me afecta tanto a mí? Me despierta enojo porque siento que si no pongo un alto, nos meterá a su aro y yo tengo a mi propia familia que es mi prioridad no ella ni sus hijos ni sus nietos.
    Ella regaló su camioneta a su hijo quien tiene 2 hijos y ella va a la guardería por ellos pero como regaló su camioneta, mi pareja iba a recogerla diario, primero dijo una semana, pasaron 3 meses, ahora él le dejó su coche por un par de meses en lo que ella compra algo pero da largas para comprar porque según yo, lo presiona para que le venda su coche, situación que ya le dije a mi pareja, no pasará.
    De acuerdo a mi psicoterapia se me despierta la herida de la injusticia porque en el fondo odio el abuso hacia las demás personas. Yo trato porque es mi educación y enseñanza, de no ser “gandalla”.
    Cuando ayudo lo hago a mi posibilidad, la mayoría de veces me molesto con la gente a quien di algo porque espero consideración en un momento pero debo entender que todos somos como somos y que si lo hago debo hacerlo por y para mí. Aclaro, no espero reconocimiento ni alabanzas pero sí reciprocidad cuando, ejemplo, a la señora que limpia mi casa, le he dado ropa y zapatos y me roba, me molesta porque me siento traicionada y burlada. Si le doy la ropa de mi hija a alguna persona de muy escasos recursos me siento muy satisfecha de haber podido ayudar aunque sea poquito a alguien que a lo mejor se las ve negras muchos momentos en su vida.
    Tengo muchos juicios en la mente porque creo que mi vara es alta. A veces quisiera encerrarme y no convivir o lo mínimo. En mi juventud fui muy sociable, hubo grandes traiciones y ahora no soporto casi nada…ni doy ni me den, soy huraña porque si no, ¿sería abusada como en mi juventud que yo era tan relajada? Puede ser.

    #11845
    Gabriel Schutz
    Superadministrador

    Muchas gracias por el texto, Fanny.

    ¿Cómo no entenderte? El abuso indigna, enoja; la traición duele, marca, hace que el corazón se cierre. Son las respuestas más o menos normales, porque responden a las interpretaciones más o menos normales que tenemos de ese tipo de episodios. El desafío aquí es intentar VER distintas estas cosas, ver lo que es tal como es, sin huellas del pasado, sin proyecciones, sin fantasmas.

    Primero vamos a ver el asunto de la cólera. ¿Qué es la cólera? ¿Por qué nos enojamos?
    Desde la antigüedad, Aristóteles observa que, para que alguien se enoje, debe forzosamente tener la creencia de que alguien le ha hecho:
    (1) un daño inmerecido (injusto)
    (2) de manera deliberada (intencionada)
    (3) que es preciso devolver (devolverle el daño a la persona que, presuntamente, nos ha dañado).

    La cólera, entonces, es el deseo de vengarse. Pero mira todas las posibilidades que abre este análisis. Una pregunta inmediata es: ¿por qué te sientes dañanda por tu cuñada? ¿Por qué te daña A TI? Es claro que alguien que se pavonea con discursos religiosos y luego se comporta con mezquindad, llevando las cuentas, no entiende nada de lo más hermoso y puro de la religión, que es, en cierto modo, el sentido de la gracia y la generosidad. Recuerda este pasaje del material de la segunda semana:

    “Alguno hay que cuando le hace algo beneficioso a alguien está muy dispuesto a llevar la cuenta de ese favor. (2) Otro hay que no está muy dispuesto a ello; sin embargo, en su interior reflexiona y es consciente de la deuda. (3) Hay otro que ni siquiera sabe lo que ha hecho, que es igual a la parra que da el racimo y no busca nada añadido más allá de dar su propio fruto. (4) El hombre que ha hecho el bien no se jacta, sino que acude a continuación a otro hombre como la parra da de nuevo su racimo, como el caballo corre, el perro sigue la pista y la abeja hace miel” (Marco Aurelio, Meditaciones, 5.6).

    Pero tú eres generosa. Te gusta beneficiar a la gente. Quizá no estás en el estadio de ser como la parra que da un nuevo racimo, pero no andas llevando las cuentas. Lo que depende de ti, humanamente, lo haces tan bien como puedes. No parece ser el caso de tu cuñada. ¿Dónde está el daño? ¿Quién está mal aquí? ¿Qué pierdes tú, qué pierdes realmente (además de la paciencia, que depende de ti), cuando ella se comporta como se comporta, incluso cuando tu esposo, su hermano le sigue el tren? ¿Qué pierdes? ¿A tu esposo por unas horas? ¿Dónde está el daño real?

    Quizá un asunto interesante es ponerse en el lugar de ella y pensar desde ahí. ¿Por qué ella actúa cómo actúa? Aquí se trata de mirar con ecuanimidad, sin precipitar juicios (“¡Actúa así porque es una cretina!”). ¿Qué tiene que creer alguien para andar llevando las cuentas? ¿Y cómo se siente alguien así? ¿De dónde procede toda esa mezquindad? Puede ser un ejercicio interesante (en budismo se le llama karuna, compasión) estudiar las condiciones del otro, estudiarlas con “ojo científico”: su relación con el dinero, con la pobreza, con la riqueza, con la necesidad de atención y control. Todo esto tiene que ver con la segunda creencia (2) en el análisis de la cólera: que ella hace daño de manera intencionada, deliberada. En general, cuando las personas actúan de esta manera, no tienen el propósito deliberado de joderte la vida, más bien son sus carencias, sus agujeros los que necesitan controlar, ser atendidos y echan mano de lo que pueden.

    Ahora bien, eso, claro, puede inmiscuirse más allá de lo deseable. ¿Qué depende de ti? Poner los límites. Ponerlos con total firmeza, sin por ello ser violenta (un equilibrio difícil pero muy posible y muy satisfactorio). A veces, cuando nos enojamos, no es con el otro, es con nosotros mismos por no haber puesto el límite, o por haberlo puesto de manera tibia. El otro puede intentar pasarse de la raya, eso depende de él/ella, no es tu asunto. Lo que depende de ti es estar firme y clara en los límites. Y si es preciso dar un grito, porque el otro no entiende de otro modo, sea (pero de preferencia, que tú estés interiormente serena y recuperes lo antes posible el equilibrio).

    Entre los materiales que te mandé por mail, están los Diálogos de Séneca, y allí hay un tratado llamado “Sobre la ira”. Es una joya. Si tienes tiempo, léelo. Una muy buena idea es que, para hacer justicia (pues el que está enojado siente que ha sido injustamente dañado) no hace falta odiar. En otras palabras, la base para hacer justicia no es la cólera (que suele enceguecer y crear problemas) sino la ECUANIMIDAD. Y para ganar ecuanimidad, sirve quizá todo este análisis, especialmente si logras hacerlo con cierta regularidad, anticipándote, como en los ejercicios estoicos, a las situaciones potencialmente enojosas. Eso es también detener la impresión. Detenerla y estudiarla con calma. Tu cuñada no es la impresión/representación. La impresión es tuya, es tu mente: ahí eres soberana si lo decides. Y si la estudias, la analizas, te determinas, puedes perfectamente modificarla. Si logras eso, conocerás el sublime placer de la imperturbabilidad, y del logro moral (seguramente ya lo has saboreado en otros ámbitos).

    Lo último que quisiera comentar, sobre tus líneas finales, es que, claro, puedes trabajar intentando desanudar las heridas del pasado, las huellas, las traiciones, y está bien, puede ser una vía muy provechosa. Pero también puedes intentar estar muy muy muy lúcida en el momento presente y tratar de percibir lo que se te presenta con la consciencia de que eso no es el pasado; esa persona no es la que te traicionó (incluso la persona que te traicionó ya no es la misma tampoco, aunque pueda reincidir). No negaré que es difícil, que las huellas del pasado se proyectan sutilmente en nuestra percepción. Pero es que tú misma no eres la que fuiste. Ser relajado no es un problema si la relajación no se vuelve una ingenuidad pueril. Al contrario, puedes ser firme y relajada al mismo tiempo. Cuando uno está tenso, se vuelve susceptible, y al ser susceptible está mucho más expuesto a sentirse lastimado. “Cerrar el corazón” no protege gran cosa. Es paradójico, pero sólo un corazón abierto de par en par resulta invulnerable.

    #11855
    Fanny
    Participante

    “…puedes ser firme y relajada al mismo tiempo. Cuando uno está tenso, se vuelve susceptible, y al ser susceptible está mucho más expuesto a sentirse lastimado. “Cerrar el corazón” no protege gran cosa. Es paradójico, pero sólo un corazón abierto de par en par resulta invulnerable.”
    Esto me lo voy a tatuar en la memoria… Pero antes, cómo un corazón abierto es más resistente? Es por la actitud de ser buena persona sin esperar nada a cambio?

    #11856
    Gabriel Schutz
    Superadministrador

    Tatuar en la memoria es una muy buena imagen; es justo lo que buscan los estoicos escribiendo sus hypomnématas, literalmente, “soportes de la memoria”, es decir, recordatorios. Podemos llamarle en adelante tatoomnématas 🙂

    Más que con ser “buena persona”, la apertura del corazón tiene que ver con la capacidad de aceptarlo e integrarlo (y por lo tanto, amarlo) TODO. “Amar el destino” (Amor fati, le llamará siglos más tarde Nietzsche). Esto suena descabellado en principio, pero no lo es, aunque sí es un desafío humano extremadamente difícil. Pero podemos pensarlo en distintas escalas y verás que la lógica de todo esto es la misma.

    En pequeña escala: tu cuñada predica sobre Dios mientras reclama una deuda y estima los intereses generados (estoy caricaturizando). No es que ésa sea una “bella acción”, por supuesto que no, pero tu corazón no se cierra con eso, no rechaza, no experimenta aversión. En lugar de eso, comprende (en el sentido de entender y abarcar, es decir, algo así como atravesar y abrazar), comprende, decía, la circunstancia: quién dice lo que dice, qué pasa en su mente-corazón, qué la mueve a hacer eso, etc. Al estar centrada tu atención de ese modo, ya no estás pensando en ti, en que eso representa un daño para ti (pues no es el caso) y, aunque pueda resultar una experiencia desagradable, no hay ese cerrarse, temer, encolerizarse, no hay nada de eso. Tú comprendes lo que sucede, comprendes el sutil sufrimiento (quizá no tan sutil) que mueve a la otra persona a actuar de ese modo. Si tienes que poner un límite, lo pones, pero el límite no emana de sentirte lastimada, sino de aquello que es justo y nada más, incluso justo por el bien de esa otra persona, pues al poner el límite la refrenas de volverse aún más abusiva. No hay sufrimiento propio, no hay aspereza, sí firmeza, porque te apoyas en lo que es justo y en eso no cejas, ahí está tu cimiento, pero eso no trae consigo nada personal a favor o en contra de nadie. Es en este sentido que digo que un corazón abierto, es decir comprensivo/compasivo, lúcido, observador, penetrante, amoroso, resulta invulnerable. Invulerable, insisto, no quiere decir que uno no perciba cosas desagradables, feas (dispreferidas, en el lenguaje estoico): quiere decir que no hay daño, o en todo caso, que la marca de algo así casi no hiende sobre nosotros y podemos levantarnos muy rápido, sin que quede huella. (En el fondo, la clave de todo esto está en la pregunta: ¿quién se siente lastimado? Es una pregunta del budismo zen, pero le queda bien a los estoicos también: desde el momento en que el yo es una ilusión, no hay nadie que se vea lastimado. La Fanny que escuchó a su cuñada predicar sobre Dios y reclamar dinero, ¿dónde está ahora? ¿Es la misma que lee estas líneas? No abundaré en estas ideas, que son centrales en el budismo, como dije, y muy específicamente en el zen, pero me gustaría dejarlas sembradas por aquí).

    En una escala mayor y más dura: un duelo. Los duelos, precisamente, sólo terminan cuando hay plena aceptación; en ese momento, el sentimiento de pérdida se convierte en algo parecido a la gratitud. Ya no es el lamento por lo que se fue, sino la gratitud por haberlo tenido el tiempo que estuvo. Esto sí puede ser muy duro, pero, si notas, cuando llega la aceptación, cuando acaba el rechazo, el lamento, etc., cesa el dolor (el duelo). Es la misma lógica que en la escala pequeña: comprensión, aceptación, abrazar lo que es.

    Si esto no es claro, si tienes alguna otra pregunta que esté en mi poder responder, no dejes de formularla. Lindo fin de semana, Fanny.

    • Esta respuesta fue modificada hace 4 años, 6 meses por Gabriel Schutz.
    #11858
    Fanny
    Participante

    Muy claro, muchas gracias Gabriel…

Viendo 5 entradas - de la 1 a la 5 (de un total de 5)

Debes estar registrado para responder a este debate. Login here