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  • #12750

    Hoy ha llegado el Perezoso, experto en dejar actividades de lado, postergar sin empacho. Se sienta en el sillón, pone un programa tras otro en la televisión y para todos tiene una razón que los hacen aparentemente provechosos. Pretende que va a levantarse, y lo que hace es acomodarse mejor subiendo las piernas al sillón. Cómodo es una buena palabra para describirlo, se siente arrogante y merecedor de atención. No va a levantar un dedo por su comida, ni por limpiar su casa, ni por mejorarse. No está aquí para edificar nada, sino para justificarse. Va a dar las mejores razones para no hacer nada.

    ¡Al diablo con el mundo! ¡Al diablo conmigo! Entra a escena el Ogro, tierno personaje que se molesta con el más mínimo de los obstáculos o contratiempos. Si no tiene el ánimo para empezar algo, lo más probable es que lo empeore y atasque todo mostrándose iracundo y osco. Por supuesto, para él esa es la mejor actitud para acompañar cualquier emprendimiento. Si se cae un vaso, es imposible volver a tomar agua. Si no hay dinero para comprar un libro, ya no es posible aprender de eso, se ha acabado. Todo se ha acabado, no ha tenido suerte, la derrota es inevitable y no saldrá nada bueno de ella.

    Al final llegan los hermanos, el Inseguro y el Tímido, y sus primos, el Perfeccionista y el Vanidoso. Todos conspiran y logran acabar con todo ímpetu del grupo por hacer algo. El Inseguro corroborará en cada paso que no sabe lo suficiente para seguir, tienen que empezar de cero y llenar los huecos antes de seguir. El Tímido estará de acuerdo, porque de igual forma ¡qué pena! Salir al mundo y mostrar todas las fallas que tenemos. El Perfeccionista estará de acuerdo, si no hay nada que estemos aportando, debemos esforzarnos más y practicar lo suficiente; es mejor, antes de salir allá y exhibir nuestra pereza. El Vanidoso estará de acuerdo, no podemos romper nuestra imagen impoluta, ¡no! Allá afuera nos conocen por estar ausentes, será mejor que se quede así.

    #12816
    Gabriel Schutz
    Superadministrador

    Bueno, antes de responder propiamente al texto, tengo que decir que esa asamblea de espectros, cuyo objetivo inflexible es que nada cambie ni nada se ejecute, me pareció entrañable y me hizo reír. Claro, esto puede obedecer a algo más mío que tuyo, pero tengo la impresión de que, sea lo que sea que yo pueda estar proyectando sobre tu texto, él texto mismo tiene humor y hasta ternura. A fin de cuentas, todos estos personajes acusan algo aniñado; no puedo evocar a estos espectros sino como criaturas pequeñas, enfurruñadas, como si fueran variedades diversas de pitufos gruñones. No sé si tú los veas así, o si, repito, esto sea mi interpretación, pero si logras verlos así, como el texto en principio sugiere o transmite, si los ves con esa distancia, con esa amorosa comprensión con que pareces describirlos (en el sentido de que comprendes/abarcas los motivos por los cuales cada uno hace lo que hace y no hace lo que no hace), ¡entonces sólo hace falta seguir mirándolos así, como niños que vienen a protestar o a hacer berrinches!

    Hay algo casi paternal en esto, como cuando un hijo hace un berrinche por algo francamente pueril, y uno lo toma en brazos, sabiendo que eso exige ser atendido desde una perspectiva adulta, una perspectiva que puede atender la problemática, pero sin “rebajarse” a sus términos. Recuerdo ahora una frase de Séneca, el filósofo estoico, que habla de la respuesta que uno debe dar ante las injurias u ofensas de otros (cuestiones que él ve como niñerías), y esa frase presenta la imagen de un león bostezando ante el ladrido de unos perros (si mal no recuerdo). Es un poco la misma imagen que seguiría a continuación de las caracterizaciones que has hecho: vienen los espectros a levantar sus razones y tú, que ya los conoces, los ves como esas pequeñas criaturas (gran disco de Talking Heads), previsibles, con sus pequeños escándalos, sus vocecillas. Pero tú eres el león.

    Estrictamente hablando, el uso de la tercera persona, de la que tú has sacado un enorme provecho en este caso, supone al mismo tiempo algo verdadero y algo falso. Lo verdadero: tú no eres tus espectros. Lo falso: tú no eres distinto de tus espectros, o, lo que es lo mismo, ellos no tienen una existencia separada de ti. Separarlos a través de la escritura, como hiciste con tanta agudeza, sirve para conocerlos y darte cuenta de que no eres ellos. Ahora toca “integrarlos”. Deja que vengan, no los rechaces, pero tampoco los alimentes. Deja que se aparezcan con sus pequeñas cuestiones. No son algo distinto de ti, eres tú en modo espectro (éste o aquél), pero no eres todo tú. Sólo sé más grande que estas apariciones. Abárcalas, que haya espacio para todos estos personajes que eres, pero que haya a la vez más espacio, que haya margen para la observación atenta, precisamente en el momento en que la mente quiere ser tomada por un espectro. Esto impedirá que los espectros, que ya has identificado tan claramente, llenen por completo el espacio de tu conciencia y acabes sucumbiendo. Si eres espacioso, los espectros surgen, hacen su berrinche un rato (tú los observas con ecuanimidad) y luego se disuelven en ese gran espacio, ese gran espacio que eres tú.

    #12831

    Gabriel, muchas gracias por tu retroalimentación.

    Me da gusto que te hizo reír, creo que la caricaturización de estos fantasmas íntimos es una buena vía para encapsularlos; pero estoy de acuerdo con tus indicaciones finales y, definitivamente, tomo la tarea.

    Saludos!

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