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  • #15734
    Gabriela Colmenares
    Participante

    Hay un árbol de hojas gruesas que se formó de tres arbustos y hace de barda. Una que deja pasar luz y aire. Crece en una tierra por la que transitan hormigas y cochinillas. Al otro lado, en el lado, donde pega el sol, están las flores. Las rosas crecieron por racimo, pequeñitas y juntas, como si fueran pequeñas colonias, que marcan sus límites y al mismo tiempo saben que forman parte del todo llamado rosal.
    También está la bugambilia, que desde muy pequeña se aferró a crecer fuera de su maceta, escalando la pared. Ha crecido tanto que logra hacer sombra a las hojas elegantes; esas hojas grandes, que fácilmente pudieran servir de paraguas en tiempo de lluvia. Pasando el pequeño corredor de cemento por el que transitamos humanos, perros, largartijas y caracoles, están la maceta con la azucena de mi abuela. Todavía la recuerdo sentada junto a su flor, ambas tomando el sol, esperando el despegar del día y la visita de alguna mariposa.

    Hoy el cielo tiene un tono uniforme, como si lo hubiesen pintado a mano, de un sólo trazo y con un mismo pincel. Alcancé a ver pasar la coquita que sube a la azotea a tomar agua. Un día encontré a una herida, era pequeña, ni siquiera había aprendido a volar. Estaba debajo de una hoja elegante, con un trapo la subí a la azotea, esperando a que sus padres la vieran y vinieran a rescatarla. Pasaron varios días y ella sobrevivió con el agua y las semillas que le había puesto. Después descubrí que ella no era quien comía del alpiste; eran sus padres, o quienes supuse que lo eran, que después de comerlo lo regurgitaban para ella. Después de una semana se fue, voló, pero se quedo la costumbre y aún regresan a tomar agua. No creo que sean las mismas, de aquel entonces, pero por alguna razón, la ubicación del balde a agua en la azotea, se transmitió de generación en generación.

    Ahora que leo lo escrito me doy cuenta; todo lo visto tiene que ver con el vínculo y el arraigo. Ya sean raíces o bases de concreto, hasta las tortolitas fueron vistas con la mirada de la configuración, del otro y del nosotros.

    Faltando a la regla cambié de ventana. En esta hay árboles más grandes en los que crecen mangos y aguacates. Son árboles con historias más viejas, que habrán visto el pasar de las haciendas azucareras. A pesar del cambio, la mirada es parecida. Me pregunto si lo que se ve en una ventana es el afuera o el adentro. Quizás ambas. Está la aspiración por mirarlo todo de una vez, sin distinción ni dualidad, por ahora , está la ventana.

    #15741
    Gabriel Schutz
    Superadministrador

    Me parece interesante que tú misma te hayas detenido a contemplar lo que habías escrito antes y hayas encontrado el sentido de la tierra, la raíz, el arraigo, el vínculo parental (o filial). A mí se me pasó por alto esto mientras leía los primeros dos párrafos. Me daba la impresión de que estabas de algún modo explorando una mirada cándida, objetiva sin pretensión de objetividad, tanteando el asombro por las minucias. Pero, desde luego, tu observación es muy certera y, como parte de lo que señalas, yo destacaría también la nutrición: alimentar y ser alimentado, tener un lugar donde abrevar.

    También es interesante que, siendo el asunto central de tu texto la cuestión del vínculo y el arraigo, no te hayas arraigado a una misma ventana, sino que te hayas ido a mirar a través de otra. ¿Por qué esto? La regla no es importante, lo importante es qué te movió a “necesitar” moverte o qué te impidió persistir, si es que hay algo de esto en tu movimiento.

    Mirarlo todo sin dualidad. Iluminación, satori, epifanía, gnosis… Tal vez ahí esté la raíz última, el vínculo fundamental, la nutrición inagotable.

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