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    Durante la primavera fui un niño feliz, fácil de impresionar y de ganarse su interés. Entusiasmado con todo.

    Pasé esa primera etapa regodeándome en mi propia curiosidad. En patios de tierra hacía túneles, ciudades, jugaba futbol con mis primos y nos inventábamos cosas mis hermanos y yo. Leía sin entender nada los libros que estaban en casa y, sin embargo, volvía a leerlos. Había un impulso que no podía evitar. Se me facilitaba captar conceptos, hacer abstracciones y recuerdo que eso sorprendía a los adultos.

    Me recuerdo jugando con una cámara a hacer películas. Aprendiendo a tocar la guitarra, esforzándome de más, repitiendo mucho para lograr educar los dedos. Y luego, algo derrotado deleitándome en la combinación de algunos acordes.

    En aquel tiempo siempre quería hacer las cosas, sobre todo las que tenían que ver con tareas intelectuales, por mí mismo. No me gustaba recibir ninguna ayuda, y ahora creo que era porque los adultos me hicieron creer que yo era “muy inteligente”. Si algo no me salía bien a los primeros intentos, me frustraba y me calificaba de tonto o cosas peores. Pasó mucho para que me deshiciera de esa idea y entendiera lo valioso de una buena ayuda y cómo todos la necesitamos para poder crecer.

    Siempre me imaginaba siendo una persona importante cuando fuera grande. Dando opiniones importantes, con estatus. Siendo influyente por mi conocimiento. Siendo profundo. Me interesó la religión siendo niño, el ritual, la misa, la reflexión, la extensión de mi existencia hacia algo mayor.

    La primera mitad del verano fue el tiempo en el que más tuve amigos y amigas y exploré el mundo: la música, el sexo (no mucho, pero lo suficiente), el amor, la cerveza, la marihuana (no mucha, no la suficiente), las fiestas, los viajes al mar, a la sierra, la política, la amistad. Aprendí a decir lo que pensaba aunque, como el clásico, no pensaba mucho lo que decía. Mis energías bullían e hice mucho sin mucho orden. Ni siquiera surgía en mí el interés por ordenar nada, ni mis decisiones, casi todo era un constante sí. Sí a la vida.

    Después la vida, sabia como es, me abofeteó. Y no es que fuera irresponsable, justo lo contrario, me aquejaba un exceso de importancia. Creía que el mundo empezaba y acababa conmigo y vaya que acababa conmigo. Hasta ese momento no sabía cómo lidiar con la carga de tener responsabilidades y compromisos, los tomaba como una singularidad gravitacional y me costaba mucho respirar por la carga que me representaban. Hasta que troné. Un día no pude ni cruzar una calle vacía porque me daba terror y fue hasta que acepté la ayuda de una terapeuta que pude recordar cómo respirar y diluir mi yo en el mundo donde realmente pertenece.

    La segunda mitad del verano, llegó una calma reveladora. Comprendí que tenía frente a mí la tarea de ordenarme y de buscar balance. Al principio quise apresurar la tarea, pero al progresar caí en cuenta que sería una labor paciente.

    Durante el otoño aprendí en la práctica que la trascendencia no existe sino en el momento porque todo ocurre aquí y ahora. Una idea que se escucha muy a menudo, pero que yo no había realmente experimentado por estar rumiando el pasado y planeando por un futuro siempre amenazante. Aprendí el arte de vivir en el momento.

    Me deshice del desorden, aunque en sentido figurado porque mis cosas y mi dinero siempre estuvieron desordenados. El orden lo puse en mis intereses y decisiones. Me sentí la persona más exitosa cuando pude decirme a mí mismo que había balanceado las ramificaciones de mi amor por la vida.

    Entendí que muchas cosas están fuera de mi control, muchas más de las que hubiera querido y que si quería ir en contra de lo que la vida es, me esperaba el caos de la desesperación. Supe que no importaba cómo me ganara la vida, siempre que lo hiciera con entrega y espíritu de servicio.

    Vacié mi vida de vanidad, aprendí a decir fuerte y claro cuando ignoraba algo (y no sentirme mal por ello), a deshacerme de las distracciones cuando realmente no las necesitaba y encontrar algo en qué distraerme cuando realmente lo necesitaba.

    Acepté mi mortalidad y la incertidumbre de la vida y, aun así, conseguí compensar la desazón abrazando el momento con amor y sirviendo a los otros. Encontré un oficio en el que era lo suficientemente bueno para servir a los demás y me convertí en un experto en hacerlo.

    Escribo esto desde el inverno de mi vida. Como las frutas he madurado y estoy en proceso de transformación de regreso a la tierra. Solo por azar y algo de prudencia he logrado completar mi ciclo de forma natural y no por alguna enfermedad, la violencia de un accidente o la violencia de las pasiones. Este invierno ha estado lleno de dolores corporales y molestias, pero también de una paz ilimitada.

    Ya nunca me molesta estar solo y tampoco estar acompañado. En ocasiones vienen a visitarme y procuro ser atento, prestar alguna sonrisa, algún dicho zonzo para hacerlos reír y alguna idea para que mastiquen cuando se vayan. Procuro compartir algo de la paz que me sobra. Cuando me quedo solo, viajo para adentro y escribo o me hago la enésima taza de bebida caliente.

    Ya no hay vanidad en mis decisiones, no pienso en cómo me veré frente a otros porque hace tiempo comprendí que todos somos igual de ridículos e igual de importantes. No me preocupa ser lo suficientemente entendido en las técnicas de este tiempo, traté de ser útil cuando tenía las energías para serlo y solo agradezco lo que sea que aprendí.

    No me asusta la muerte, ni la mía, ni la de los que están cerca de mí ni las que ocurrieron hace tiempo o ayer mismo. La vida es un constante reflujo de muerte y nacimiento. No hay nada que deba sorprender en esa conclusión, aunque aceptar su sabor acre no es nada fácil.

    #13154
    Gabriel Schutz
    Superadministrador

    Qué hermosura de texto. Te aseguro que no hay muchas personas capaces de mirar con tanta lucidez el arco de su propia vida.

    Lo que es maravilloso de tu texto, aparte de la escritura como tal, sus guiños, su humor, su ternura, es que cada parte está orgánicamente integrada en el todo, en la vida como un todo. Ésta era la idea de los filósofos griegos: la felicidad no son momentos agradables, no tenían una idea “empirista” de la felicidad, sino que veían las acciones particulares con vistas a un fin final (un telos) que, de alguna manera, sólo se consumaba cuando la vida llegaba a su fin. Por eso Aristóteles refiere, al principio de su Ética Nicomáquea, la anécdota que cuenta Heródoto, donde un sabio reconviene a un griego (¿o persa?) que le pregunta quién es el hombre más feliz, respondiéndole que fue Fulano de tal (y no el hombre que inquiere y que esperaba encontrar una respuesta que lo nombrara a él), un finado, porque sólo puede decirse feliz aquel que ha vivido ya la totalidad de su vida. En fin, no quiero alargarme en digresiones filosóficas, pero sí enfatizar que el modo como miras tu infancia, las tendencias que se gestaban allí, que parecían propicias, pero más tarde serían problemáticas, describen un arco con una lógica clara, reconocible y, yo diría, felizmente evolutiva.

    Tu texto me recuerda a un viejo proverbio zen (que atesoro), no recuerdo bien de qué maestro ni qué siglo; lo citaré de memoria:

    Al principio, las montañas eran montañas y los ríos, ríos.
    Después, las montañas dejaron de ser montañas y los ríos dejaron de ser ríos.
    Al final [una vez alcanzada la iluminación], las montañas volvieron a ser montañas y los ríos, ríos.

    Aquel niño lleno de curiosidad y entusiasmo, que todavía no se ufanaba de sus habilidades, sino que simplemente las descubría, porque en ese momento todo era descubrimiento y asombrabo, y las cosas se revelaban sin más, luego se transforma en un joven en el que despuntan ya ciertas tendencias que traerán más adelante sufrimiento. Pero el sufrimiento es el gran maestro. Entonces, una vez que se lograr trascender (el sufrimiento), todo se ve diáfano otra vez, todo se revela. Ya no se es el niño, ahora se es el sabio (que no se sabe sabio).

    No tengo palabras para decir lo mucho que he disfrutado de acompañarte en este camino. Cada vez que llegaba un texto tuyo (me llegan las notificaciones al correo), sabía que tenía algo sumamente interesante y deleitoso por delante. Te agradezco inmensamente tu apertura, tu cuidado, tus metáforas, tu franqueza.

    Para terminar, una petición y dos invitaciones.

    La petición: si puedes dejar un review del curso. En la última lección se dice cómo hacerlo, es muy fácil. Sólo ten cuidado, si decides hacerlo, de las endiabladas estrellitas azules que dan la calificación, porque si uno les pasa el mouse por encima, se modifica su cantidad; entonces, asegúrate que es la cantidad de estrellitas con que quieres calificar el curso, si haces el review.

    Primera invitación: a leer este texto que publiqué en una revista, sobre estos tiempos de contingencia, si tienes posibilidad e interés:

    ¿De qué son tiempos los tiempos de emergencia?

    Segunda invitación: al curso de FILOSOFÍA ESTOICA APLICADA, que tengo en este mismo sitio. Muchas cosas de allí quizá te serán familiares, por la descripción que has hecho del invierno, pero quizá te interesará conocer a estos maravillosos filósofos que encarnan, a mi parecer, el dharma occidental. Es un curso provechoso y yo acompaño, como aquí.

    Te saludo con afecto, Carlos, cuídate, que estés muy bien y gracias por tu magnífica participación.

    #13156

    Hola Gabriel, recibo tu agradecimiento con afecto y te doy las gracias por tu seguimiento tan cercano y cuidadoso. Por supuesto, dejaré mi review porque creo que es un curso invaluable para el crecimiento de uno mismo y para aprenderse a ver de forma honesta.

    Leeré tu artículo y ya tengo en mi lista de pendientes el curso de Filosofía Estoica Aplicada (originalmente ese era mi interés, pero tomé esta fructífera desviación).

    Te mando un saludo afectuoso de regreso y una invitación a seguir con este maravilloso apoyo en el camino del crecimiento personal para personas que, como yo, nos perdemos en los caminos de la introspección.

    Carlos Luna

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