fbpx
Viendo 10 entradas - de la 1 a la 10 (de un total de 10)
  • Autor
    Entradas
  • #10753
    liplalipla
    Participante

    PAISAJES DESDE MI BALCÓN

    06-09
    Es curioso, pero a pesar de que es uno de los lugares de la casa que más me gustaron cuando me mudé aquí, muy rara vez salgo al balcón y mucho menos me tomo el tiempo de observar lo que hay alrededor. Todavía recuerdo el primer fin de semana que pasé en este departamento, cómo me fascinó salir a este balcón a fumar, sentir el aire tibio y húmedo y voltear hacia el lado derecho donde no había una sola luz, se veía el cielo y la silueta de los árboles que ocupaban el resto de la manzana. Eso fue hace poco más de dos años, ahora vuelvo a salir y miro hacia ese ángulo, pero esta vez en una tarde nublada y me doy cuenta que parte del paisaje ya ha sido invadido por un condominio. Si bien fui consciente de que lo construyeron, hasta ahora caigo en cuenta de que es parte de la vista desde mi balcón. Me siento un poco enojada. Tal vez porque vengo de una ciudad donde no hay lugar para el espacio, me encanta cada vez que puedo observar un escenario sin construcciones, especialmente aquellos en los que nada se interpone entre mis ojos y el horizonte. A menos de una hora de aquí hay un lugar así, una barra de arena entre una laguna y el mar. Allí puedo sentarme por horas a contemplar el horizonte, hipnotizada por el sonido de las olas; puedo quedarme flotando en el agua salada y perderme en el azul del cielo imaginando que el tiempo se detiene y que estoy segura allí en el agua tibia que me arrulla. Sin embargo, no puedo negar que la vista hacia ese lado sigue siendo casi agradable (además del condominio, en el fondo se alcanza a ver un delfín sonriente multicolor pintado en un muro anunciando alguna empresa turística que presume de cuidarlos en cautiverio). Bajo un poco la mirada y alcanzo a ver el techo de una estructura blanca dentro de mi condominio, nunca me había percatado de la cantidad de polvo que hay allí, no recuerdo si estaba así cuando llegamos y entonces pienso que rara vez observo los detalles a mi alrededor. Sigo intentando explorar el paisaje y me distrae la cola serpenteante de Nino, mi gato que me hace girar la mirada hacia abajo, entonces veo las macetas abandonadas, tres de ellas con tierra. En algún momento intentamos comenzar un huerto, teníamos jitomate, cilantro, menta y una hierba consentida que creció casi medio metro. Supongo ahora que el resto gozaban de nuestros cuidados gracias a ella pues cuando le cayó una plaga y se secó, comenzamos a descuidar al resto. La orquídea totalmente seca; no soy de flores, pero me gustan las orquídeas, quizás porque era la flor favorita de mi abuela. Miro el que fue su tallo, rígido y quebradizo y recuerdo a Doña Elena, aquellas tardes en que nos sentábamos a tomar café y me contaba cien veces las mismas historias de cuando trabajaba en el centro de la ciudad en una fábrica de sombreros en los años 50. La única que queda es una planta de hojas redondas y pequeñitas que parecen plastificadas, se extiende como una alfombra retándonos con su supervivencia.

    07-09
    Frente a mí, a unos siete metros, se alza la torre B de muros blancos y grises. Tiene siete pisos y en cada uno de ellos dos balcones triangulares, uno por departamento. En el que queda justo frente al mío hay un camastro que parece abandonado. Hoy la ventana de abajo tiene corrida la cortina, veo una andadera junto a la ventana y un sofá blanco del que cuelgan un par de piernas. No conozco a mis vecinos. Hacia abajo hay una fuente circular con piedras que de noche se prende con luces de colores. Y alrededor alcanzo a ver algunos saltamontes gigantes que tienen ya unos meses merodeando por aquí.

    08-09
    Veo la alberca, unas escaleras, un jardín con palmeras, unos camastros, en uno de ellos un vecino panza abajo tomando el sol, al fondo una palapa medio descuidada con cuatro mesas y una barra. Del otro lado del muro, el jardín del otro condominio y de fondo, cables, el edificio de Price Travel, la ciudad todavía con muchas manchas verdes, me encanta la vegetación de este lugar, te paras frente a un baldío y no alcanzas a ver más allá de la primera fila de árboles por su espesura. A veces fantaseo, cómo habrá sido para los mayas vivir aquí hace mil años, descalzos en esos parajes, rodeados de esta inhóspita naturaleza y entonces me es evidente que tenían una sabiduría que nosotros, seres modernos que no podemos vivir sin streaming y microondas, no tenemos.

    #10754
    Gabriel Schutz
    Superadministrador

    ¡Celebro que la pluma esté fluyendo! Pero hagamos esto: tú escribe sin cortapisas, no te limites por la extensión, no estés pendiente de eso, deja que la escritura corra con entera libertad. Y sobre todo: no leas lo que escribiste el día anterior, mucho menos lo corrijas.

    Una vez que hayan pasado los cinco días, entonces sí: relee todo, edita el texto con minucia y trata de llevarlo a un total de 700 palabras, dejando únicamente lo más importante. Piensa en el texto como en un cuadro unitario con distintas partes. Si te extiendes un poco más, no es grave. Pero trata de trabajar con la edición y la síntesis. Yo, por ahora, no leeré lo que me has enviado. Me esperaré a que tengas el texto completo, para poder leerlo, también, como una unidad completa, acabada, con distintas secciones.

    #10755
    liplalipla
    Participante

    ¡Gracias por la idea!

    #10756
    liplalipla
    Participante

    Todavía recuerdo el primer fin de semana que pasé en este departamento, cómo me fascinó salir a este balcón a fumar, sentir el aire tibio y húmedo y voltear hacia el lado derecho donde no había una sola luz, se veía el cielo y la silueta de los árboles que ocupaban el resto de la manzana. Eso fue hace poco más de dos años, ahora vuelvo a salir y miro hacia ese ángulo, pero esta vez en una tarde nublada y me doy cuenta que parte del paisaje ya ha sido invadido por un condominio. Si bien fui consciente de que lo construyeron, hasta ahora caigo en cuenta de que es parte de la vista desde mi balcón.

    Sigo mirando y me distrae la cola serpenteante de Nino, mi gato que me hace girar la mirada hacia abajo, entonces veo las macetas abandonadas, tres de ellas con tierra. En algún momento intentamos comenzar un huerto, teníamos jitomate, cilantro, menta y una hierba consentida que creció casi medio metro. Supongo ahora que el resto gozaban de nuestros cuidados gracias a ella pues cuando le cayó una plaga y se secó, comenzamos a descuidar al resto. La orquídea totalmente seca; no soy de flores, pero me gustan las orquídeas, quizás porque era la flor favorita de mi abuela. La única que queda es una planta de hojas redondas y pequeñitas que parecen plastificadas, se extiende como una alfombra retándonos con su supervivencia.

    Frente a mí, a unos siete metros, se alza la torre B de muros blancos y grises. Tiene siete pisos y en cada uno de ellos dos balcones triangulares, uno por departamento. En el que queda justo frente al mío hay un camastro que parece abandonado. Hoy, la ventana de abajo tiene corrida la cortina, veo una andadera junto a la ventana y un sofá blanco del que cuelgan un par de piernas. Tengo dos años viviendo aquí y sólo conozco a unos cuantos vecinos a quienes saludo cuando coincidimos en el elevador o en el estacionamiento, el de la ventana, no tengo idea quién sea. Hacia abajo hay una fuente circular con piedras que de noche se prende con luces de colores. Y alrededor alcanzo a ver algunos saltamontes gigantes que tienen ya unos meses merodeando por aquí.

    Veo la alberca, unas escaleras, un jardín con palmeras, unos camastros, en uno de ellos un vecino panza abajo tomando el sol, al fondo, una palapa medio descuidada con cuatro mesas y una barra. Del otro lado del muro, el jardín del otro condominio y de fondo, la ciudad todavía con muchas manchas verdes, me encanta la vegetación de este lugar, te paras frente a un baldío y no alcanzas a ver más allá de la primera fila de árboles por su espesura. A veces fantaseo, cómo habrá sido para los mayas vivir aquí hace mil años, descalzos en esos parajes, rodeados de esta inhóspita naturaleza y entonces me es evidente que tenían una sabiduría que nosotros, seres modernos que no podemos vivir sin streaming y microondas, no tenemos.

    El día de hoy llueve un poco, el cielo se ve de diferentes tonos grisáceos y las nubes se ven pesadas y estáticas. Casi no hay viento, las hojas de las palmeras apenas se balancean. Las luces de la ciudad comienzan a encenderse, cada vez que regreso la vista hacia arriba después de garabatear un par de palabras, me percato que alguna luz se agrega al paisaje y entonces por primera vez me doy cuenta, que muy al fondo, se ve desde mi balcón la tierra de la fantasía, los hermosos hoteles que se alzan detrás de la laguna. Siempre soñé con vivir en la playa, y no me quejo me encanta el clima, el aire húmedo, me encanta tener tiempo, pero en no es nada como la fantasía que durante tantos años alimenté. Y entonces, a veces en las noches cuando tomamos vino y escuchamos jazz, planeamos la próxima migración, a un bosque en el que de vez en vez caiga nieve.

    #10757
    Gabriel Schutz
    Superadministrador

    Qué lindo texto, felicidades. Es maravilloso cómo el solo hecho de abrir el espacio y observar prodiga tantas cosas, entre ellas, tomar consciencia de algo tan evidente como aquello que hace parte de la vista de un balcón y que, de algún modo, estaba en espera de ser reconocido. Lo mismo con respecto al huerto abandonado. Lo que me encanta del texto es cómo se tejen el pasado con la observación de lo que hay ahora (otra vez la nostalgia), las plantas muertas, la sobreviviente, las preferencias florales de la abuela; y de otro lado, el futuro, la infinita capacidad de renovar los deseos, los proyectos, incluso cuando se reconoce que la fantasía nunca se cumple por completo. La fantasía, dice el budismo, dicen los estoicos: ése es el gran problema. Si pudiéramos mirar las cosas tal como son, con una lucidez total, no habría sufrimiento. Qué difícil. Y sin embargo, en tu texto aparecen destellos de una objetividad, digamos, chejoviana, donde no hay juicio ni nostalgia ni expectativa, sólo una descripción precisa de lo que es. Eso también es un logro, un logro literario, por la fuerza descriptiva, pero sobre todo, un logro moral. Bravo.

    #11035
    Renata
    Participante

    Son las 6 de la tarde y al asomarme por la ventana de mi habitación percibo a la distancia la parte alta de la Torre de Telecomunicaciones. Recuerdo momentos gratos de mi infancia cuando mis padres nos llevaban a mis tres hermanas y a mí los fines de semana al cine Continental que se ubicaba en la avenida Xola. Era tradición que, al terminar la película, camináramos hasta la glorieta donde se ubica ese edificio y jugáramos al lado de los murales que están sobre la avenida. Esos recuerdos le brindan mayor calidez a mi hogar.

    Siempre he sentido curiosidad por lo que ocurre en otros hogares donde únicamente percibo siluetas a través de las ventanas, me imagino las historias que rodean a esas personas. En el caso de las que habitan la casa anaranjada que esta frente a mi ventana pienso que son adultos que trabajan, pues son las 7 de la noche y las luces están apagadas, que les gusta celebrar (por las múltiples fiestas realizadas en su jardín) y que disfrutan la naturaleza, tienen una majestuosa jacaranda cuyas ramas casi alcanzan mi ventana, de la que cuelgan múltiples enredaderas y además es lugar de descanso de diversas aves. Por el contrario, en la casa que se asoma del lado izquierdo de mi ventana únicamente he visto a una señora como de 50 años que me refleja soledad. Todos los días sube a tender ropa a la azotea y hoy no ha sido la excepción, muchas medias cuelgan de los tendederos además de ropa deportiva juvenil. En ocasiones la he visto quedarse un buen rato en la azotea atenta a lo que sucede a su alrededor y me causa curiosidad que cuando identifica la llegada del albañil que realiza trabajos en la casa de al lado, charla por un tiempo prolongado con él y le agradece saberse escuchada.

    Advierto que en la casa de al lado estuvo trabajando el albañil durante el día por los rastros que dejó en la azotea: bultos de tierra, una escoba, plantas ubicadas en otro lugar. No entiendo la obra que está realizando pues había hecho una pared y después la tiró, había colocado un techo arriba de un nuevo cuarto y también lo tiró. Eso me hace pensar que el dueño es caprichoso, que cambia de parecer rápidamente y que no le satisfacen los cambios realizados.

    Son las 7:30 de la noche y empieza a oscurecer, a la distancia el cielo se pinta de tonalidades anaranjadas y amarillas y arriba de mí son más intensas y obscuras al mezclarse el azul con el morado. La quietud de la paleta de colores es sorprendida por los aviones que atraviesan el cielo justo encima de mí. El ruido de algunos es discreto, pero el de otros es muy fuerte. Pienso que me he ido familiarizando con ese sonido ya que hace cuatro años cuando llegué a este, mi espacio, mi hogar, me despertaba durante la noche en muchas ocasiones a causa del ruido y ahora ya no. Únicamente me sigue estremeciendo el ruido de algunos de ellos (los menos, por cierto), que dejan a su paso un sonido intenso que se expande y que cuando lo escuchaba de niña pensaba que el cielo se estaría abriendo anunciando el fin del mundo.

    #11037
    Gabriel Schutz
    Superadministrador

    Asoma aquí una vena mucho más literaria, con frases bellas (“la quietud de la paleta de colores es sorprendida por los aviones”) y, sobre todo, la curiosidad, la mirada abierta e interrogadora que es propia del escritor/a. Esa mirada atenta, que observa sin precipitar conclusiones, que, allí donde no verían nada los ojos hastiados del día a día, encuentra interés y preguntas, ésa es la mirada que nos interesa aquí, sea que se vuelque a un paisaje, como en este caso, o a ti misma, como antes, o a tu pasado, como será el caso más adelante. Es maravilloso advertir cómo, en los dos párrafos consecutivo del medio, hay toda una historia cifrada, que muy bien podrías escribir (sea que te bases en lo que observes sucesivamente o en tu propia imaginación) y que sería genial que escribieras. Una mujer solitaria, de 50 años, que, sin embargo, cuelga ropa deportiva juvenil (además de medias largas) y tiene conversaciones ocasionales, no exactamente breves, con el albañil que trabaja al lado, al que le agradece su escucha. Y ese albañil kafkiano, que levanta construcciones para luego tirarlas, como si fuera un juego de Lego, obedeciendo las órdenes de un personaje invisible, que decreta desde algún oscuro rincón de la casa… ¿No hay ahí toda una historia, un cuento, una novela por escribir? A mí me dan ganas de saber qué sucede ahí, qué relación tiene la señora con el albañil, a quién pertenece la ropa juvenil, por qué el dueño de la casa de al lado manda levantar paredes y techos para luego derribarlos… Todo esto es posible porque has observado con atención, de manera curiosa, desprejuiciada, de tal modo que, allí donde parecía suceder nada, se te reveló un mundo. ¿Qué otros mundos esperan a ser observados allí donde la mirada empolvada no conseguiría ver más que su propia telaraña?

    Bravo, Renata. Muy buen trabajo.

    #11038
    Gabriel Schutz
    Superadministrador

    Asoma aquí una vena mucho más literaria, con frases bellas (“la quietud de la paleta de colores es sorprendida por los aviones”) y, sobre todo, la curiosidad, la mirada abierta e interrogadora que es propia del escritor/a. Esa mirada atenta, que observa sin precipitar conclusiones, que, allí donde no verían nada los ojos hastiados del día a día, encuentra interés y preguntas, ésa es la mirada que nos interesa aquí, sea que se vuelque a un paisaje, como en este caso, o a ti misma, como antes, o a tu pasado, como será el caso más adelante. Es maravilloso advertir cómo, en los dos párrafos consecutivo del medio, hay toda una historia cifrada, que muy bien podrías escribir (sea que te bases en lo que observes sucesivamente o en tu propia imaginación) y que sería genial que escribieras. Una mujer solitaria, de 50 años, que, sin embargo, cuelga ropa deportiva juvenil (además de medias largas) y tiene conversaciones ocasionales, no exactamente breves, con el albañil que trabaja al lado, al que le agradece su escucha. Y ese albañil kafkiano, que levanta construcciones para luego tirarlas, como si fuera un juego de Lego, obedeciendo las órdenes de un personaje invisible, que decreta desde algún oscuro rincón de la casa… ¿No hay ahí toda una historia, un cuento, una novela por escribir? A mí me dan ganas de saber qué sucede ahí, qué relación tiene la señora con el albañil, a quién pertenece la ropa juvenil, por qué el dueño de la casa de al lado manda levantar paredes y techos para luego derribarlos… Todo esto es posible porque has observado con atención, de manera curiosa, desprejuiciada, de tal modo que, allí donde parecía suceder nada, se te reveló un mundo. ¿Qué otros mundos esperan a ser observados allí donde la mirada empolvada no conseguiría ver más que su propia telaraña?

    Bravo, Renata. Muy buen trabajo.

    #11041
    Renata
    Participante

    Me sorprendí que desde un pequeño espacio pudiera descubrir un universo de historias y que al escribirlas la mano se moviera con facilidad dejándose llevar.

    Gracias por este descubrimiento

    Renata

    #11105
    Gabriel Schutz
    Superadministrador

    Qué alegría leer esto último, Renata. Así debe ser: que la mano y el pensamiento (y el corazón) corran juntos y la pluma fluya.

    Has descubierto nada menos que el placer de escribir. Y de contar historias.

Viendo 10 entradas - de la 1 a la 10 (de un total de 10)

Debes estar registrado para responder a este debate. Login here