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  • #13092

    LUNES. No sé si yo miro la burbuja de neón, o ella me mira a mí, mientras oscila levemente, como esquivando la frenética danza de insectos que rinde culto a su luz, atenta puedo escuchar sus devotos mantras, hasta que el ruido de un moto ensordece la noche y yo daría lo que fuera por un minuto de oscuridad y silencio total, cierro la ventana y lo busco dentro.
    MARTES. Media tarde. Abro la puerta del balcón para que el aire entre como pedro por su casa. El ruido de las palmeras se mece con risas de niños que escapan de su encierro, más allá golpes de balón y ambulancias, hasta que el canto de canario del vecino se impone sobre todos los sonidos, y de pronto veo como las hojas de la palmera brillan intensamente al ritmo de este canto, se anuncia una misa, a la que nadie irá, son tiempos de mirar la vida por la ventana, y agradezco tanto la ventana, la palmera, el canario, el sol, la campana, los niños, el balón y este instante en que todos ellos coinciden a través de mis sentidos.
    MIERCOLES. El ocaso se anuncia alargando las sombras de los árboles y los postes de luz, las aves regresan a sus nidos en medio de una sonora algarabía, y el viento parece haberse detenido a mirar la puesta de sol. Me siento junto con él hasta que el cielo magenta me estalle en la mirada o quien sabe qué color elija hoy, uno nunca sabe, por eso vale la pena la espera.
    JUEVES. Hoy abro la ventana temprano. Son las 8 y como siempre a esta hora pasa ese hombre anciano, muy anciano, delgado, apenas se adivina su rostro, entre la barba y el sombrero tan encorvado que lleva a duras penas ese carro de mandado, le calculo unos 90 años, , sin embargo es fuerte, y misterioso, siempre me pregunto a dónde va?, ¿qué lleva en ese carro? ¿Para qué es lo que lleva? ¿para quién lo lleva? Me confronta con mi miedo a envejecer, con mi miedo a la soledad, me pregunto si es feliz, si está solo, si sufre llevando esa carga todos los días, si la carga es lo que lo hace vivir, hoy de pronto lo veo detenerse y saludar a alguien es la primera vez que escucho su voz, es fuerte y poderosa, es alegre, y entonces sé que esa es la voz de quien a sus noventa y tanto años amanece cada día y lleva su vida a cuestas, y vive.
    SÁBADO.
    He dejado la ventana abierta, hace tanto calor, es de madrugada, quizás las 4, escucho sollozar a alguien, un hombre, no distingo de donde vienen, me acerco a la ventana y se escucha más fuerte, vienen de la calle, me asomo entre las cortinas para no ser vista, busco el origen de los sollozos, son amargos, profundamente tristes, como de alguien que se ha perdido a sí mismo; ahí está, es un hombre sentado en la banqueta, con las cabeza entre la manos, llorando amargamente, como un niño, me siento a mirarlo en mi ventana, miro cada movimiento, a veces detiene el llanto, suspira y mira al cielo, como buscando respuestas, se queda mirando un rato y luego vuelve a llorar enterrando su cabeza entre las manos, de pronto se desploma hacia atrás, abre los brazos y se queda quieto, no alcanzo a ver si tiene los ojos abiertos o cerrados, de pronto se escucha roncar, parece que se ha quedado dormido, y yo me contagio de su paz, ha llorado tanto.

    #13101
    Gabriel Schutz
    Superadministrador

    Qué ventana tan rica, tan llena de experiencias en tantos niveles: la ventana del estruendo que pide ser cerrada y la ventana de los sonidos y las figuras que se agradecen; la ventana que espera por el color del cielo; la ventana por donde desfila ese misterio, las personas, y quizá la ventana de la compasión, porque esa experiencia que refieres al final, con gran precisión descriptiva, atestiguar el llanto de un desconocido, es quizá una de las experiencias más fundamentales que podemos tener. No mi llanto, no el llanto de alguien que conozco, cuyo dolor me alcanza, sino el de un completo desconocido, cuyo dolor quizá también me alcanza. ¿No es esto lo que nos hermana, el hecho de ser tan frágiles, tan vulnerables, o, como lo pone el budismo entres su verdades esenciales (las llamadas Nobles Verdades), el hecho de que existir implique un cierto malestar de fondo que llama a ser trascendido? Siempre me ha impactado la experiencia de encontrarme ante un desconocido que llora, no importa quien sea, no importa si es hombre o mujer, niño/a, adolescente, adulto/a o viejo/a, el llanto vuelve irrelevante cualquier condición que podría, eventualmente, «alejarme» de esa persona por no ser yo como ella, revelándome que, por debajo de todo condicionamiento (nacionalidad, sexo o género, edad, etnia, profesión, ideología), esa persona y yo somos iguales.

    ¿Y no es la vida como esa ventana tuya, una profusión de experiencias, unas agradables, otras desagradables, unas que dan ganas de quedarse ahí, otras que dan ganas de alejarse de inmediato?

    Bravo, me encantó tu texto. (La metáfora de los insectos rindiendo culto al foco es buenísima).

    #13202

    Gracias por la retroalimentación. Este ejercicio me ha permitido desarrollar una conciencia más contemplativa de la vida, solo sentarme a mirar lo que acontece a veces en estado contemplativo, a veces en estado compasivo, sin juicios, sin expectativas, gracias por la experiencia, es una práctica que agregaré a mis meditaciones.

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