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  • #15451
    Marcela Acle
    Participante

    1 Siempre he pensado que el paisaje desde mi ventana es envidiable. Hoy percibo tres planos: El primero es una especie de penacho que sobresale de una jacaranda cercana a mi edificio. Lo veo nítido. El segundo es menos claro: se ven los árboles del Parque Las Águilas a cuyo costado transitan incansablemente los autos en el periférico. Por último, en el tercero, semicubierto por la bruma, miro el Ajusco y montañas aledañas. Pienso que así es la vida. Hay quienes no ven más allá de sus narices (el penacho) y que quizá vivan felices con esa nitidez. Hay otros que no miran el bosque y mucho menos el árbol singular que lo conforma por su incesante ir y venir. Por último, cubierto en la bruma, está el futuro, incierto y poco definido. ¿Cómo me ubico en esos tres planos? La verdad, oscilo entre ellos. Quisiera detener mi mirada en el penacho (lo más tangible a mi alcance), pero con frecuencia me pierdo en el bosque y me gustaría unirme a ese incesante ir y venir para no pensar; no pensar en ese futuro incierto hoy cubierto de bruma e indescifrable. Fuera de mi alcance.
    2 Veo el Ajusco cubierto de bruma. Pienso que ha estado ahí durante años. Los primeros pobladores de esta ciudad ya lo conocían y seguramente lo habrán visto acompañado de bruma y nubes como hoy. Y pienso a la inversa. Si el Ajusco pudiera hablar, qué de historias nos contaría. A menos que el planeta tierra se destruya, seguirá ahí. Muchos lo han recorrido y lo recorrerán; muchos escribieron y escribirán sobre él; muchos filosofaron y filosofarán sobre su silueta. El permanecerá ahí. Pienso en la impermanencia, en Mi impermanencia. ¿Qué soy yo para el Ajusco? Una mirada entre millones de miradas durante siglos. Cuando yo muera, el Ajusco continuará ahí. Hoy me veo en mi justa dimensión frente al mundo que me rodea. Yo no soy el Ajusco, no soy eterna y eso me obliga a disfrutar lo que el día de hoy me depare.
    3. Está a punto de llover. Veo las luces de un avión que se aproxima, Por allá, cerca del Popo, cae un rayo. El aire es frío. Estos climas lluviosos y nublados me apachurran, aunque estoy así desde hacer rato. Hoy hablé con mi amiga Alicia. La desahuciaron. No hay nada qué hacer. El cáncer ha vencido. Me entristece por ella y me alerta sobre mí. La muerte se asoma en el horizonte y me dice que ya va siendo el tiempo para mi generación. Mucho tengo que aprender de ella. Lleva años meditando y eso, como ella misma dice, la ha fortalecido. Durante este tiempo ha trabajado dos conceptos básicos: aceptación y paciencia. Yo la admiro. Después de pasar (yo) meses de achaques, me avergüenzo de mí misma. ¿Cuál aceptación y cuál paciencia? Todo lo contrario: lucho, me resisto a lo inevitable, al envejecimiento, ¿qué sentido tiene? Es imposible detener el tiempo. No me resta más que reflexionar en Alicia, trabajar como ella en esos conceptos fundamentales. Aceptar que las gotas que empiezan a caer son inevitables porque hay una nube negra encima de ellas. No hay ningún motivo para deprimirse, es una manifestación de la naturaleza. Al rato saldrá el sol y la nube se habrá ido.
    4. Es de noche. En las faldas del Ajusco se distinguen miles de lucecitas que se prenden y apagan. A un lado, hay un edificio que es casa habitación. Siempre me ha gustado ver las luces encendidas de las casas. Dan idea de calidez. Me imagino una familia feliz cenando o jugando cualquier cosa (como las historietas del Pato Donald que leí en mi infancia). Tal vez se deba a la luz cálida, aunque es un edificio semivacío. ¿No tendrán miedo sus escasos habitantes? Y ahora pienso que, como en un cuento de Cortazar, alguien me está observando allá y escribiendo sobre mí. Nuestras escrituras se superponen. Ignoramos todo el uno del otro, pero nos inventamos nuestras respectivas vidas. Lo cierto es que ambos estamos solos. Nos sentimos solos, pero ahora sabemos que no es así. Desde allá alguien me saluda, yo respondo. Con el pensamiento hacemos cita para reencontrarnos mañana…

    #15453
    Gabriel Schutz
    Superadministrador

    Con tu honda sensibilidad y en la etapa de vida que te toca, se superponen las inquietudes relativas a lo incierto y lo efímero. Tampoco el Ajusco es eterno, ni siquiera puede asegurarse que sea tan durable como la Tierra, si es que nuestra imbecilidad no acaba con ella más o menos pronto. Lo que hace millones de años eran picos montañosos, están ahora bajo el mar, erosionados; la forma de los continentes no es la que fue mucho tiempo atrás. Tú y yo y cualquier persona, lo mismo que el Ajusco, que las estrellas y las galaxias, somos manifestaciones efímeras de la vida. Recuerdo aquel hermoso fragmento de Marco Aurelio, que se acerca al haiku y que dice algo así como: “Muchos granos de incienso en el mismo altar. Unos se queman antes, otros después, no importa”. Nosotros nos quemaremos antes que el Sol se extinga, pero también el sol, como un grano de incienso posterior, acabará consumiéndose. Esto, precisamente, no es lo incierto, sino lo único cierto. De la movilidad incesante de todo lo que es surge la posibilidad misma de la Belleza, como un momento efímero donde quien contempla y lo contemplado de golpe se tocan, se desdibujan, son casi uno: un crepúsculo hermoso, un claro de bosque, un momento en el mar, la sonrisa que aflora en un rostro, la inclinación de la luz que deja ver sombras con siluetas curiosas, etc. También el presentimiento de que alguien, a lo lejos, al calor de una de esas lucecitas, te piensa o presiente, como tú a esa persona. Esos encuentros, esos acontecimientos efímeros, son precisamente el carácter mismo de lo Bello, que nunca es perenne, sino que se da bajo la forma de un acontecimiento: sucede, acaece. También el mostrarse y ocultarse alternativo de una montaña entre la bruma ha sido motivo recurrente de este tipo de acontecimientos que llamamos belleza, como en las imágenes del Monte Fuji, en Japón, o como el Ajusto, aquí en México.

    La bruma, tan misteriosa, que tú analogas con el futuro: ¡exacto! Estrictamente hablando, ¿qué sabemos? Aristóteles, en un viejo tratado, se pregunta si podemos tener certeza absoluta de que mañana saldrá el sol. Desde luego que no. ¿Quién hubiera previsto que estaríamos hoy en pandemia? No sabemos nada y ese no-saber, como dice un hermoso libro (La nube del no saber, escrita por un místico inglés en el s. XIV) es el ámbito mismo de la vida. Poder vivir en el no saber, sabiendo que no sabemos, movernos hábilmente en esa nube, sin esperar certezas, abiertos a lo que el tiempo traiga o depare, de eso se trata la aceptación que Alicia, tu amiga, ha cultivado; también la paciencia. Yo diría que de eso se trata el amor: de quererlo todo, de estar abiertos, entregados a lo que el tiempo traiga. Nietzsche le llamó Amor fati, amar el destino.

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